ORACIÓN A SAN BENITO JOSÉ LABRE

 

GOZOS A SAN BENITO JOSÉ LABRE
De pobreza y humildad
ilustre y bello dechado:
Benito José abogado
sednos en la adversidad.
De labradores honrados
Amette te vio nacer,
te vio en la virtud crecer,
y a pasos agigantados
subir de la santidad
ya niño a muy alto grado.
Estudiando en Erín,
de un tío bajo tutela,
te aprovechaste en la escuela,
y siempre cual serafín
del fuego de caridad
estabas muy inflamado.


 Penitencia y oración
eran tus grandes delicias,
y tus mejores albricias
la Sagrada Comunión,
del mundo y su vanidad
viviendo siempre alejado.
Trapense y Cartujo ser
mas de una vez intentaste,
y siempre experimentaste
de Dios ser otro el querer;
pues por grave enfermedad
fuiste del convento echado.
Como el Señor te llamaba
a un nuevo modo de vida, l
o emprendiste de seguida
no oyendo a quien te estorbaba;
padres, patria y amistad
renunciaste denodado.
De Francia a Roma pasando
el sustento mendigabas,
los santuarios visitabas,
burlas doquier arrostrando
y golpes con humildad
de Jesús firme soldado.
Muy pobremente vestido,
hecho por Dios pordiosero,
a El con afán sincero
víctima te has ofrecido,
en aras de caridad,
para que cese el pecado.
Pobre de las Cuarenta Horas
te llama Roma admirada,
porque a la Hostia sagrada
gran parte del día adoras,
delante su Majestad
quedando siempre extasiado.
De la Cruz las Estaciones
practicabas cada día,
y obsequiabas a María
con servidas devociones,
y su maternal piedad te miro
cual a hijo amado.
Con el profético don
lo futuro anunciaste,
del prójimo procuraste
la eterna salvación;
almas de cautividad
del Purgatorio has sacado.
Junto a un templo de María
caíste desvanecido,
por un amigo acogido
falleciste al mismo día;
luego toda la ciudad
por santo te ha proclamado.
Tanto milagro se obró
de tu virtud en abono,
que el gran papa Pio Nono
beato te declaro,
proteja tu piedad
al que te invoca postrado.
Pues toda una eternidad
de dichas has alcanzado:
Benito José abogado
senos en la adversidad. 

Amén. 

Ahora se hace la petición 
y se reza con gran fervor tres Padrenuestros.

 

Benito José Labre, vivió para peregrinar y peregrinó para vivir.
Durante su tránsito por el mundo, buscó infatigablemente un monasterio de regla rigurosa para consagrar en él su vocación. Pero fue rechazado, no sólo por algunos abades que vieron en él ciertas condiciones inconvenientes, sino, aunque parezca extraño, "por sí mismo", ya que cuando era por fin admitido en algún monasterio, le acometía una terrible inquietud, haciendo que desistiese de su propósito de seguir en el claustro. ¿Qué extraña inquietud había en el corazón de Benito José Labre?
Según afirman sus biógrafos, se sentía indigno de la vida monástica, y en su interior surgía entonces una lucha impresionante.
Después de algunos días de vivir enclaustrado, consideraba que no merecía los Sacramentos. Entonces decidía abandonar el monasterio, y se iba otra vez por los caminos, pero no para aceptar los halagos del mundo (esto es lo insólito), sino para sentir al poco tiempo, otra vez, el anhelo de ingresar en otra orden rigurosa.
Una fuerza íntima de su espíritu lo impulsaba a buscar el convento; y otro fuego devorador lo hacía salir a los caminos. Su sed de luz parecía inextinguible y sin remedio. No obstante, Benito se las arreglaba para hacer vida de recogimiento y soledad, aun en medio de la muchedumbre.
Muy significativo resulta el hecho de que, estando en Roma, escogiera como alojamiento una covacha, al pie de una escalera, donde apenas cabía su cuerpo. En ese incómodo lugar permaneció largos días, apartado de la gente y en profunda meditación.
Benito llegó a olvidar enteramente la atención corporal. Cabello y barba le crecieron en forma desmesurada. Su hábito se convirtió en una serie de jirones sin color preciso, mal unidos y cosidos solamente para cubrir su desnudez.
Naturalmente, carecía de dinero, pero jamás pidió limosna. A veces aceptaba la que le ofrecían, porque resultaba indispensable para su subsistencia, pero en cuanto creía tener lo necesario, rehusaba lo demás suavemente, diciendo:
"Gracias, gracias... No necesito nada, de veras."
Su humildad y ascetismo rebasaban los límites conocidos. Lo más notable de su vida, fue su muerte. Cuando expiró, se produjo un fenómeno que difícilmente tiene explicación:
Después de haber merecido de la gente, unas veces el desprecio, otras la conmiseración y muchas la burla, nadie diría que Benito José Labre llegaría a ser objeto de devoción o de especial respeto. Muchos lo consideraron como un desequilibrado, o demente. Mas he aquí que el día de su fallecimiento, una ola de fervor popular se elevó por todas partes:
"¡Ha muerto el santo!" -clamaban todos, y acudieron en tropel a venerar sus restos humanos, a rescatar alguna reliquia. El pueblo entero, sin distinción de clases, le rindió homenaje, como si de pronto hubiera caído el velo que impedía ver el tesoro espiritual de Benito, y al abandonar éste el mundo, apareciera, pura y radiante, la luz que iluminaba su santidad.
El andrajoso peregrino, en su viaje postrero, fue rodeado por una multitud silenciosa que al fin lo reconocía como a un santo. Aquéllos que lo despreciaron, inclinaron la frente; aquéllos que se burlaron de él, ahora lavaban con sus lágrimas el bochorno de su actitud.
¡Así son los valores del espíritu, y así cumplen su misión los que dedicaron su vida a Dios!

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