SIGNIFICADO Y USO DE LA MEDALLA DE SAN BENITO

 

La medalla de San Benito es una invitación a orar, a vivir como Cristo nos ha enseñado a través del Evangelio. De esta forma, podemos tener la firme confianza que Dios nos protegerá del mal, de las enfermedades y vicios.

¿Qué vemos, en la medalla?

Podemos ver que el frente de la medalla muestra a San Benito, de pie sosteniendo una cruz en una mano y el libro de su Regla en la otra.


A cada lado están las palabras:

Crux S. Patris Benedicti (La Cruz del Santo Padre Benito).
Abajo, a sus pies, están las palabras:
 
(Ex S. M. Casino MDCCCLXXX) del Santo Monte Casino, 1880.

En ese año, (en el que la Orden de San Benito conmemoraba 1400 años desde el nacimiento de Benito) la medalla recibió una bendición jubilar especial.
Inscrito en el círculo que rodea la imagen de San Benito, están las palabras:
 
"Ejus in obitu nostro presentia muniamur"

"Que su presencia (la de la cruz) nos proteja a la hora de la muerte.”

Cuando damos la vuelta al otro lado de la medalla, encontramos lo que se refiere el poder en contra de los malos espíritus.

En el centro está la Cruz.

San Benito amaba la Cruz, confiado que en ella Jesús venció el poder del mal y todas sus consecuencias.

El brazo vertical de la cruz tiene 5 letras:

 C.S.S.M.L. (Crux Sacra Sit Mihi Lux)
“Que la Santa Cruz sea para mí una Luz”.

El brazo horizontal de la cruz también tiene 5 letras:

N.D.S.M.D., (Nunquam Draco Sit Mihi Dux)
“Que el demonio nunca sea mi guía”.

Las cuatro letras grandes de los ángulos de la Cruz:

C.S.P.B., (Crux Sancti Patris Benedicti)
“la Cruz del Santo Padre Benito”.

Rodeando la cruz en el margen derecho están las letras:

V.R.S.N.S.M.V. (Vade Retro Satanas, Nunquam Suade Mihi Vana)
“¡Apártate de mí, Satanás! Nunca me sugieras pensamientos vanos.”

Alrededor del margen izquierdo del círculo, están las letras:

S.M.Q.L.I.V.B. (Sunt Mala Quae Libas: Ipse Venena Bibas)
“Las bebidas que tú ofreces son malas; bebe el veneno tú mismo”.

En la parte de arriba del círculo está la palabra (PAX) PAZ.

Esta medalla, que es un sacramental, puede ser llevada al cuello, en un monedero, unida al rosario o pegada en la entrada de la casa.
 
La adecuada devoción a la medalla, junto con una vida de escucha a la Palabra de Dios, práctica frecuente del sacramento de la Reconciliación, Comunión todos los domingos y el esfuerzo por vivir el respeto y servicio al prójimo, nos acerca a Cristo, fuente de luz y vida, nos protege de todo mal y nos prepara para la vida eterna.
 
SOBRE LOS MONJES BENEDICTINOS

Se sabe con certeza que San Benito dejó 14 monasterios instituidos, al morir. Doce estaban en Subiaco, uno en Terracina y otro en Montecasino. Hacia el siglo XIV se calculó en 17,000 el número de monasterios benedictinos existentes, pero dicho número decreció notablemente con el tiempo.

Nunca han faltado, sino muy al contrario, siempre han sido numerosos, los hombres insignes entre los hijos del Santo Patriarca de Occidente, San Benito Abad.

 

Entre los mil quinientos santos canonizados de esta Orden se cuentan (por no citar sino a algunos) el gran Pontífice San Gregorio Magno, primer biógrafo del santo, y los siguientes sumos pontífices, ocho santos: San Gregorio, San Bonifacio IV, San Agatón, San Zacarías, San León III, San León IV, San León V y San León IX. Además hombres de ciencia tan eminentes San Beda, "El Venerable", y San Pedro Damiano, lumbreras de la Iglesia, Abades como San Ofilón, San Hugo, San Iñigo y muchísimos más.
 
Los Benedictinos acompañando a San Agustín, Obispo y también monje benedictino, fueron los primeros evangelizadores de Inglaterra, que les debe la fe y fueron misioneros benedictinos los que plantaron la cruz en Alemania, San Wilibrordo y San Bonifacio, y en Suiza San Galo y San Sigisberto, mientras que San Mauro discípulo de San Benito la llevaba por las Galias.
 
Los misioneneros Benedictinos modernos trabajan en América, Africa y Australia con eficacia adrnirable y siguen contribuyendo, como todos sus predecesores, a la obra civilizadora que caracteriza a la Orden.
 
En efecto, los Benedictinos, aparecidos en una época en la que el trabajo era casi exclusivamente función de los esclavos, enseñaron con su ejemplo a los pueblos que iban conquistando a labrar la tierra, aprovechar los bosques, ganarse la vida con oficios manuales, y en una palabra, a trabajar honrada y cristianamente, dejando la vida nómada en muchos casos, para establecerse cerca de los monasterios de los religiosos y maestros que eran sus padres y protectores.

Casi todos los monasterios tenían su escuela, y gracias a ellos la cultura europea fue una cultura cristiana y las naciones que se iban formando estaban imbuidas en la fe hoy tan apagada por las herejías y el materialismo.
 
A los Benedictinos se deben las Universidades de París, Cambridge, Bolonia, Sahagún, Oviedo, Salamanca, etc., que fueron expansiones de colegios benedictinos, y a estos laboriosos monjes debe toda la cultura universal la conservación y reproducción de manuscritos importantísimos, como la Biblia, los autores clásicos de la antigüedad y los escritores de los Santos Padres, que celosamente custodiaban en sus bibliotecas, sin prohibir su lectura a quienes los necesitaban.
 
No se reduce la obra benéfica de estos religiosos a la conservación y reproducción de obras ajenas, sino que la producción literaria y científica que como río caudaloso brota de sus monasterios, inhunda de obras eruditas y utilísimas el mundo civilizado.
 
Los benedictinos son acreedores a la gratitud de todos por su contribución única al estudio del canto y de la música religiosa, por su dedicación a la liturgia, por su erudición en materias referentes a la hagiografía y a la Sagrada Escritura, cuya versión crítica, como es sabido, traen entre manos, por encargo de la Santa Sede.
 
Brote pujante y antiquísimo del árbol plantado por San Benito son las monjas benedictinas cuyo origen se remonta a Santa Escolástica, la hermana del Santo, y que observan la Regla del mismo, con las modificaciones derivadas de la diferencia de sexo.
 
A los muros protectores de estas religiosas se acogían mujeres nobilísimas cuando querían dejar el mundo, como las once emperatrices y las cuarenta y más reinas que fueron a terminar sus días en la oscuridad de una celda benedictina.
 
Muchísimas son las almas que buscan la perfección de la vida cristiana siguiendo la Regla de San Benito, ocultas la mayoría a las miradas del mundo, pero persuadidas de que, como lo vieron aquellos primeros monjes, el camino que sube al cielo, y que fue primero hollado por el gran Santo, es también el que ha de conducirlas a la dicha sempiterna.
 
 

VIRGEN DE GUADALUPE, SU MAS BELLA ORACIÓN PARA CONSEGUIR UN MILAGRO Y EL RELATO DE ALGUNOS DE ELLOS


ORACIÓN PARA PEDIR UN MILAGRO
A LA SANTÍSIMA VIRGEN DE GUADALUPE
 
Concédeme un milagro,
Santísima Virgen María de Guadalupe,
concédeme un milagro,
porque estoy ante ti,
suplicándote con toda mi fe y todo mi corazón,
porque ya no puedo más,
porque se que me escuchas,
y porque conozco el infinito amor
que tu tienes depositado en tus hijos,
en tus fieles, amantes y devotos hijos.


 Concédeme un milagro,
santa Madre de Dios hecho hombre,
por lo que tu sufriste,
por lo que yo hoy sufro,
porque te necesito con desesperación,
porque solo tu, únicamente tu,
puedes conseguir de Dios, Señor Nuestro,
solucionar lo que tanto ansío,
lo que tanto necesito,
lo que me lleva al borde de la desesperación,
lo que se que tu conoces bien,
y que te apena tanto como a mi.
 
Concédeme un milagro, Virgen mía,
Madre mía, protectora mía,
mi luz en el destino,
la estrella que me guía,
a quien tanto amo, adoro y respeto.
 
Concédeme un milagro, flor de pureza,
y devuélveme la vida,
porque ahora, con tanto desasosiego,
la tengo perdida, sin remedio,
sin ayuda, sin consuelo.
 
Tu todo lo puedes, santa Madre,
tu todo lo consigues, con amor, con alegría,
con generosidad, con dulzura,
con benevolencia y esplendidez.
 
Concédeme un milagro,
porque estoy indefenso, amada Madre,
porque en esta grave situación, solo te tengo a ti,
porque se que quieres volver a verme sonreír,
porque se que tu quieres verme resurgir,
lleno de felicidad y agradecimiento
a tu santa persona, que nunca me abandona,
que siempre me ayuda,
que siempre me complace y distingue
con su incondicional amor,
con su generosidad y con su protección.
 
Querida Madre mía, concédeme:
 
(Pedir el milagro que deseas)
 
A tus pies queda por siempre
tu agradecido y devoto hijo,
que nunca ha dudado ni dudará
de que tu le escuchas y le mostrarás
la inmensa dulzura de tu corazón
y la fortaleza de tu protección.
 
Amén.
 
ALGUNOS DE SUS MILAGROS
 
El patrocinio de Nuestra Señora de Guadalupe invocó el rey Alfonso IX en la  batalla del Salado, y venció a los musulmanes haciéndoles experimentar infinitas pérdidas.

Su auxilio invocaban después todos los cristianos, monarcas y príncipes, nobles y vasallos, señores y pecheros, y todos tenían que agradecer algún beneficio a la Virgen que había querido tener su casa en la sierra de Guadalupe.

¿Qué indicaba aquella preciosa lámpara que sin cesar ardía ante el sagrado tabernáculo donde se hallaba colocada su venerada imagen, sino que gracias a su intercesión el valiente capitán D. Alonso de Alburquerque se vio libre de un gran peligro en el sitio de la ciudad de Goa?

¿Quieres que te refiera el prodigio?

Se hallaba el citado capitán en el campamento con las demás tropas que sitiaban Goa.

El enemigo encerrado en la ciudad, ya que no pudiera hacer que se alejasen sus sitiadores, procuraba molestarles disparando continuamente desde las murallas envenenados dardos, agudas saetas y grandes balas.

Una de estas vino a dar en la cabeza de un soldado que estaba junto a Alburquerque y le destrozó la cabeza, salpicando sus sesos y sangre el rostro del capitán.

Viéndose este entonces en tan gran peligro invocó con fervor a Nuestra Señora de Guadalupe, de la que era especial devoto.

Pronto pudo experimentar su poderoso patrocinio.

Otra bala mucho mayor que la que habían arrojado antes los sitiados llegó hasta el capitán, y dándole de lleno en el pecho, con asombro de todos los demás soldados, cayó a sus pies, perdiendo toda su terrible fuerza.

Así que hubo acabado la guerra, pensó el afortunado capitán en ir a dar gracias  Nuestra Señora por el gran favor del que era deudor, pero no habiendo podido realizar sus deseos por haberlo impedido su muerte cuando se disponía para su largo viaje o peregrinación, ordenó en su testamento que se llevase a Guadalupe la hermosa lámpara, y la misma bala que le arrojaran los sitiadores dentro de una caja de plata con otras preciosas alhajas.

 
Otra de las grandes y valiosas lámparas que alumbraban el altar de la Virgen, tenía también una historia bella y consoladora.

Se hallaba conquistando las Américas el gran capitán Hernán Cortés.

Al pasar un dia por aquellos bosques salvajes del Nuevo Mundo, uno de los venenosos escorpiones que tanto abundan por aquellos sitios, le picó o mordió, ocasionándole pronto la mordedura tan terribles dolores por la ponzoña que se había introducido en su cuerpo, que se vio en gran peligro de perder la vida.

Recordó entonces los infinitos milagros obrados por intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, e implorando su divino favor con gran alegría se vio al momento sano y bueno.

Agradecido el célebre conquistador al beneficio que le dispensara Nuestra Señora a su regreso a la península, se apresuró a visitar el famoso monasterio, y el mismo en persona le presentó su rica dádiva acompañada de otra de no menos valor.

Consistía esta en un gran escorpión de oro hecho con gran maestría por el hábil artífice a quien lo encargara Hernán Cortés, que deseaba se tuviese siempre memoria con este valioso presente del favor que debía a su especial protectora.

En un molinos habla una piedra que, según dicen algunos escritores, giraba con tal velocidad que en una sola hora podía moler doce fanegas de trigo. Habiendo llegado esta noticia a oídos del católico rey D. Felipe II, quiso él mismo cerciorarse de la verdad con un reloj de arena mientras se hizo la experiencia, y se vio que en efecto no solo molía doce fanegas sino algo mas.

Por fortuna para los cristianos, aun existen en los corazones de los fieles y devotos de la divina Madre del Salvador religiosos e indestructibles santuarios dónde se profesa un sincero culto a Nuestra Señora de Guadalupe.

¡Bendito sea el Señor que nos hace exclamar consolados, que la Virgen de Guadalupe es nuestra Gran Madre amorosa y protectora.


 
 

SAN AGUSTÍN, ORACIÓN PARA ACABAR CON EL ODIO Y CONSEGUIR LIBRARTE DE TUS ENEMIGOS


San Agustín nació el 13 de noviembre de 354 en Tagaste de Numidia, en el norte de Africa, hijo de la piadosa Santa Mónica y de Patricio, que todavía era pagano.
 
No recibió entonces el bautismo, pero Mónica, su madre, supo inspirarle desde primera infancia tales sentimientos por Cristo, que después jamás pudo buscar su salvación en otra doctrina que no partiera de Cristo.

La enseñanza pagana que recibió en Madauro y el despertar de las pasiones le alejaron de la influencia de Mónica y le hicieron cometer faltas que, si bien comunes en muchos adolescentes, fueron para siempre motivo de su arrepentimiento.
 
 
A los diecisiete años se trasladó a Cartago para estudiar retórica (371-374) y allí se descarrió de tal modo, que vino a ser para él algo así como un freno el encariñarse y unirse sin vínculo alguno a una mujer de condición inferior, que le dio un hijo, Adeodato.
 
La lectura del libro de Cicer6n "Hortensio" (hoy perdido) comenzó a despertar en él un ideal algo más elevado: el de buscar felicidad en la investigación de la verdad. Entonces cayó en los errores de los maniqueos, que le prometían la verdad sin misterios como los de fe, y que admitían dos principios distintos, uno del bien y otro del mal.
 
Así transcurrió el tiempo de su profesorado en Cartago (376-383); pero un espíritu tan poderoso como el suyo no podía seguir por mucho tiempo prisionero de doctrinas tan absurdas. Fue a Roma. y siguió enseñando. Entonces sintió algún desaliento y se preguntó, con la Nueva Academia, si no sería mejor renunciar a encontrar la verdad y contentarse con meras probabilidades. Pero él creía en la Providencia, y de allí le llegó la luz y la salvación.
 
Cuando en Milán oyó predicar a San Ambrosio, que era un personaje muy respetable, como antiguo prefecto de la ciudad y su actual Obispo, comprendió el triunfo de la Iglesia sobre las innumerables doctrinas esparcidas por el Imperio Romano y vio que no podía encontrar esa verdad que él tan ansiosamente buscaba, sino en aquella misma Iglesia.
 
La Providencia hubiera sido una vana palabra si, frente a esa indigencia de luz, la Iglesia que tantas esperanzas suscitaba y de tanta autoridad gozaba no hubiese poseído la verdad, en pos de la cual Agustín corría. Juntamente con la fe en la Iglesia, entendió la unidad del Creador, espiritualidad de Dios, la culpabilidad de nuestros actos malos; pero no podía armonizar todas esas cosas con su pensamiento filosófico obscurecido por mil prejuicios materialistas. La lectura de los neoplatónicos le ayudó lograr esa armonía. Sin embargo, le faltaba una etapa esencial.

La meta era el goce de Dios, pero el camino es Cristo, con sus ejemplos, y la fuerza para recorrer ese camino es la gracia de Cristo. Entonces se dedicó a leer las epístolas de San Pablo; oró, se humilló, y por fin, en un jardín de Milán recibió el valor necesario para romper con su pasado y emprender la vida cristiana en su totalidad. Tenía entonces casi treinta y tres años.
 
Bautizado por San Ambrosio, emprendi6 el viaje a su patria, pero tuvo la pena de ver morir a su santa Madre, Mónica, en el puerto de Ostia, y después de un año en Roma, regresó a Tagaste, donde fundó, con su hijo y algunos amigos, un cenobio que fue el origen de la Orden de San Agustín, hoy tan extendida y tan benemérita de la Iglesia.
 
Por aclamación, fue escogido por los habitantes de Nipona para ser sacerdote y poco después sucedió en el episcopado al anciano pastor de aquella ciudad. Su vida, después de convertido, fue activísima y fecundísima. Luchó contra los herejes, contra los vicios, contra la ignorancia. Iluminó con su doctrina a muchos que lo consultaban, Y dio ejemplos de la más profunda humildad y de la más apostólica caridad pastoral.
 
Incansable como escritor, dejó un tesoro inmenso de obras maravillosas, que pasan de doscientas. Entre ellas sus “Confesiones", en las que se dirige a Dios para cantar sus alabanzas, agradecer sus beneficios y confesar sus misericordias. Esa obra, junto con la "Imitación de Cristo" de Tomás de Kempis, es uno de los libros más queridos del pueblo cristiano.
 
Cuando tenía ya setenta y seis años, y a pesar de haber sido toda su vida achacoso, tenía todavía entre manos varias obras, entre otras sus "Retractaciones", o la "revisión" de todos sus escritos; pero la invasión de los vándalos y la pena de tantos males como veía en torno suyo le movieron a desear que Dios lo llevase a mejor vida.
 
Murió con los ojos llenos de lágrimas y repitiendo las frases de arrepentimiento de los salmos llamados penitenciales, que, para poderlos leer, hizo escribir en grandes pergaminos cerca de su lecho.
 
San Agustín es inmortal y la luz que como lumbrera incomparable, derrama sobre toda la Iglesia, no se ha extinguido en quince siglos que han pasado desde el día en que murió, 28 de Agosto de 430.
 
ORACION PARA ACABAR CON EL ODIO
Y CON LOS ENEMIGOS

Oh dulcísimo Jesucristo,
verdadero Dios,
que del seno del Padre omnipotente
fuiste enviado al mundo para expiar los pecados,
redimir a los afligidos,
liberar a los cautivos,
congregar a los dispersos,
reconducir a los peregrinos a su patria,
tener misericordia de los contritos de corazón,
y consolar a los dolientes y angustiados:

Dígnate, oh Señor Jesucristo,
absolver y liberarme a mí, siervo tuyo,
de la aflicción y tribulación en que me encuentro.

Tú, Señor, que en cuanto hombre,
recibiste de Dios Padre omnipotente
en custodia al género humano,
y por tu piedad, adquiriste
mediante tu crudelísima Pasión
y tu preciosa Sangre
el paraíso para nosotros,
e hiciste las paces entre los Ángeles y los hombres:

 Tú, Señor Jesucristo,
dígnate establecer y confirmar la concordia
y la paz entre mí y mis enemigos,
mostrar tu gracia sobre mí
e infundir tu misericordia;
y dígnate extinguir y mitigar todo el odio
y la ira que mis enemigos tienen contra mí.

Así como borraste la ira y el odio
que Esaú tenía contra su hermano Jacob;
así también, Señor Jesucristo,
extiende sobre tu siervo tu brazo y tu gracia,
y dígnate librarme de todos los que me odian.

Y tú, ¡oh Señor Jesucristo!,
que liberaste a Abrahán de las manos de los caldeos,
y a su hijo Isaac de la inmolación en sacrificio por un carnero,
 a Jacob de las manos de su hermano Esaú,
y a José de las manos de sus hermanos,
a Noé del diluvio segador
y a Lot de la ciudad sodomita;
a tus siervos Moisés y Aarón,
con el pueblo de Israel,
de las manos de Faraón y de la esclavitud en Egipto,
al Rey David de las manos de Saúl y del gigante Goliat,
a Susana del falso crimen y testimonio,
a Judit de las manos de Holofernes,
a Daniel del lago de los leones
y a los tres jóvenes Sidrac, Misac y Abdénago
del horno encendido.
 
A Jonás del vientre del cetáceo,
a la hija de la mujer cananea,
que era atormentada por el diablo,
y a Adán del profundo del sepulcro
con tu preciosísima Sangre,
a Pedro del mar y a Pablo de las cadenas;
dígnate también, dulcísimo Señor Jesucristo,
Hijo del Dios vivo, librarme de todos mis enemigos,
y correr en mi ayuda, por tu santo beneficio,
por tu santa Encarnación,
por la cual te hiciste hombre
en el seno de la Virgen María,
por tu santa Natividad, por el hambre,
la sed, el frío, los calores, los trabajos y aflicciones,
por los escupitajos, los golpes, el látigo,
los clavos, la lanza, la corona de espinas,
por la hiel y el vinagre que te dieron a beber,
por la cruelísima muerte en la Cruz,
por las siete palabras que dijiste pendiendo en la Cruz,
a saber: a Dios Padre omnipotente:
“Perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Por esto y todo lo demás, que el ojo no vio,
ni oído alguno escuchó,
ni ascendió el corazón humano,
te ruego, dulcísimo Señor Jesucristo,
para que por tu piedad te dignes librarme
ahora y siempre de todos los peligros de alma y cuerpo,
y después del curso de esta vida,
te dignes conducirme a Ti,
Dios vivo y verdadero.

Que vives y reinas con Dios Padre
en unidad de Dios Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.

Amén.

 


 

LA VIRGEN DE LA FUENTE


Era el año 640.

León I, emperador en Oriente, había mandado edificar una suntuosa basílica, que próximos ya a terminar los trabajos, habían logrado saber los cristianos de Constantinopla se dedicaba al culto de la Virgen María.

Sabían también que tan magnífico templo era el resultado de un favor especial que el emperador debía a la Reina de los cielos.

Y también conocían ya que la imagen de la Virgen, que ocuparía el mejor de tos altares, sería venerada bajo la advocación de Nuestra Señora de la Fuente.


Pero nada mas sabían: en vano procuraban averiguar la causa que motivaba la edificación de aquel grandioso templo.

Los historiadores, mas explícitos y minuciosos, si bien en este punto no tanto como fuera de desear, explican el origen y fundación de esa iglesia, trascribiendo de otras crónicas o historias antiguas una anécdota, que es como sigue:

León I, antes de que pudiera adornar su cabeza con la cinta de oro y perlas, distintivo de su soberanía en Oriente, había pasado en su juventud una pobre y oscura vida.

Siendo, pues, solo simple soldado tracio, guiaba muchos días a un anciano ciego a una fuente, a cuya orilla, en uno de aquellos días, se le apareció la Santísima Virgen, prometiéndole otra mas brillante existencia, y diciéndole que estaba predestinado a sentarse en el trono.
 
Cuando lo que solo había sido una predicción se convirtió en realidad; cuando el desconocido soldado llegó a ser emperador, devoto tanto o mas que en los primeros días de su vida, no se olvidó de los consuelos que recibiera en la fuente de la amorosa Madre de los cristianos, y para que estos pudieran adorarla y tributarla incesantes cultos, mandó edificar en su honor un templo magnifico, una suntuosa basílica.
 
Cuando fue tomada Constantinopla por los turcos, entre los muchos edificios notables que fueron arruinados por el furor de estos, se encontraba también el de Nuestra Señora de la Fuente.

Este precioso templo, que era una verdadera maravilla del arte, según escribe Nicéforo, tenia sus ventanas con vidrieras pintadas, (si bien no historiadas), lo cual constituía uno de sus méritos, pues era todavía reciente en aquella época la pintura sobre vidrio.

De lamentar es la triste suerte de tantos monumentos, obras verdaderamente artísticas, al par que en eminente grado religiosas, que adornaba la gran ciudad que a la que diera su nombre el emperador Constantino.

Solo la princesa Pulquéria, hija de Teodosio III, había mandado construir tres iglesias en honor de la Santísima Virgen.

En estas iglesias se conservaban las mismas vestiduras que había usado Nuestra Señora durante su vida en la tierra, vestiduras que guardaban con mucho cuidado los cristianos en Jerusalén, pero que sabiendo los piadosos sentimientos de la princesa, se apresuraron a remitírselas a Constantinopla.

Tan preciosas reliquias fueron repartidas entre las tres iglesias de Blaquernes, que tenia el ropaje de la Virgen, de Chalcopratea que recibió el ceñidor, y la de los Guías, que obtuvo un cuadro con el retrato de María Santísima. Este cuadro habia sido enviado de Antioquía, y se decía que el retrato era obra de San Lucas, que lo pintó viviendo aun la Virgen.

Ya que de este precioso cuadro nos ocupamos, aunque sin propósito determinado de hablar de él, vamos a dedicar a su historia algunas líneas.

Era tenido en gran estima en Constantinopla, tanto que se consideraba como una preciosa reliquia que podía servir para librarles de ciertos peligros. Los emperadores Juan Zimisces y los Commenos lo llevaban en sus ejércitos a las guerras, entrándolo a su vuelta a la ciudad en un magnífico carro de triunfo, tirado siempre por hermosos caballos blancos.

Era tan grande la veneración que la ciudad de Constantinopla profesaba a este sagrado retrato de la Virgen, que se tenia custodiado en el templo con muchísimas precauciones.

Si alguna vez era llevado en procesión por la ciudad, lo mismo que cuando, como ya hemos dicho, acompañaba a las tropas del imperio, era saludado por el pueblo con gritos de alegría.

Aunque algunos dicen que este precioso cuadro cuando la toma de Constantinopla por los latinos en 1204, el dux Enrique Daildolo lo trasladó a Venecia, y otros que cayendo en poder de los turcos fue bárbaramente pisoteado después de haber arrancado su guarnición; la verdad es que se ignora la suerte que cupo en aquellos desastres de la ciudad a la imagen de la divina Señora.

El que se venera en la actualidad es una copia del original.




 

SANTA CATALINA SIENA, SUS MILAGROS Y ORACIÓN PARA RECOBRAR LA ARMONÍA Y LA PAZ FAMILIAR



 Santa Catalina fue una víctima de la caridad,
que para ayudar a su prójimo consiguió de Dios
los más asombrosos milagros
llegando a ser la alegría y la esperanza de todos.

Catalina era de carácter tan jovial, que según afirma uno de sus biógrafos, bastaba una sola de sus palabras para desterrar del corazón toda tristeza.

 
Cierto día, cuando se encontraba meditando en el cuarto de su hermano, entró en él su padre, Jacobo Benincasa, y vio revolotear una paloma sobre la cabeza de su hija. El ave huyó al aproximarse, y entonces el señor Jacobo preguntó a la joven quién le había dado aquella paloma.
 
-No he visto -contestó la joven-, esa paloma ni ningún otro pájaro.

Siempre cumplió con el propósito de no comer carne ni tomar vino, y como si esta abstinencia fuera poco, fue paulatinamente privándose de toda clase de alimentos, hasta reducir su comida a un pedazo de pan y algunas verduras crudas.

Estimaba mucho un manto negro con que se cubría por humildad, y miraba esa prenda como un tesoro de valor incalculable, diciendo que no quería separarse de él nunca. Pero sucedió que caminando un día con sus compañeras, se le acercó un pobre pidiéndole limosna.
 
- "Nada puedo darte porque nada tengo", le dijo.
 
- "¿Y ese manto? Podrías dármelo", replicó el pedigüeño.
 
- "Tienes razón", exclamó Catalina, y entregó el manto al pordiosero.
 
A las personas que le acompañaban les costó mucho trabajo rescatar el manto, pues el mendigo se aprovechó de la ocasión para venderlo a buen precio, y cuando preguntaron cómo, apreciando tanto aquella prenda, la había dado tan fácilmente, respondió:
 
- "Porque preferí quedarme sin manto a quedarme sin caridad".

Con frecuencia, en medio de sus trabajos domésticos, entraba en éxtasis, quedándose rígida e inmóvil como si estuviera muerta. Su madre, poco conocedora de esta clase de fenómenos espirituales, los atribuía a males físicos, y empleaba para hacerla volver en sí los remedios de frotaciones y estiramiento de miembros usados en tales casos, que a veces comprometían la salud y aun la vida de Catalina.
 
Así ocurrió cierto día en que, por volverle la cabeza a su posición natural, por poco le rompe los músculos del cuello, en el que sintió durante días vivísimos dolores.

Otra vez, hallándose Catalina ocupada en la cocina, se sentó cerca del fuego y se puso a dar vueltas al asador. De repente entró en éxtasis, quedándose insensible a todo cuanto pasaba a su alrededor. Su cuñada, Lisa, más conocedora de las causas de aquella insensibilidad, al advertir lo que ocurría a Catalina, la remplazó en su ocupación, y cuando el asado estuvo a punto, lo sirvió a la familia. Después acostó a sus hijos y volvió a la cocina para ver si ya había vuelto en si su cuñada. ¡Pero grande fue su terror al verla caída sobre las brasas del hogar!
 
-¡Ay -exclamó con acento desgarrador-, Catalina se ha abrasado!
 
Seguidamente se abalanzó a ella y la levantó; pero vio con gran asombro que Catalina no tenía ninguna quemadura: ni aun sus vestidos guardaban la menor señal de su contacto con el fuego, no obstante de ser éste muy vivo y haber permanecido la joven mucho tiempo sobre las brasas.

Se convirtió en criada de una leprosa, y se le contagiaron las manos de ese mal. Cuando la leprosa murió, Catalina lavó y amortajó piadosamente su cuerpo, y después condujo el cadáver al cementerio y lo enterró con sus propias manos, quedando en aquel instante las suyas limpias de toda lepra.

Su caridad no se limitaba solamente a socorrer las necesidades corporales de sus prójimos, sino que se aplicaba aún más celosamente al remedio de las necesidades de sus almas.

 
Estos y otros hechos notables realizó la extraordinaria mujer llamada Catalina de Siena.

ORACIÓN A SANTA CATALINA
PARA RECOBRAR LA ARMNÍA
Y LA PAZ FAMILIAR
 
¡Oh bendita y humilde Catalina!
santa dócil y buena convertida en mujer fuerte,
prodigio del siglo en que viviste,
antorcha luminosa de la Iglesia,
criatura de Dios premiada con numerosos dones
que supiste reunir con las mayores virtudes
de las vírgenes consagradas a Dios
y con la intrepidez y al valor de los héroes.
 
Mírame desde el cielo, te suplico,
posa tus ojos sobre mi,
que atravieso momentos de gran agitación
por atravesar dificultades familiares
que causas graves discordias entre los míos,
y te pido que me ayudes a establecer la calma.
 
Muestra a este humilde devoto tuyo
 hasta donde llega tu poder cerca de Dios,
obteniendo para mi hogar que reine en el,
el amor, la paz, la concordia y la armonía, 
y especialmente la humildad, la prudencia,
la paciencia, la bondad y la diligencia
en la práctica de los deberes con nosotros mismos.

Oh maravillosa santa, portento de la Iglesia,
virgen seráfica, Santa Catalina,
que por tus grandes virtudes y generosidad,
el bien que para todos conseguiste,
eres magnificada y bendecida en cada lugar
a donde tu nombre ha llegado:
 
Que tu generoso rostro hacia mire hacia mi,
quien, lleno de fe en tu milagrosa intercesión,
te suplica con toda esperanza y afecto
para que obtengas, a través de tus plegarias,
los favores que tan ardientemente deseo:
 recobrar la paz y la armonía familiar.
 Tu no puedes dejar de ayudar
escuchando las oraciones de aquellos
que a tu corazón acuden,
el corazón que recibiste del divino redentor
en éxtasis celestial.

Concédeme así mismo,
que habiendo recibido esta gracia de ti,  
pueda un día verte y agradecerte
el bien que me has dispensado, en el cielo,
y disfrutar contigo de la felicidad eterna.
 
Amén
 

 
 

SANTA RITA, ORACIÓN A LA ABOGADA DE LAS CAUSAS IMPOSIBLES


Santa Rita parece una excepción en todo lo que se refiere a vencer dificultades y lograr cosas fuera del alcance de ninguno de nosotros. Eso quiere decir la frase "Abogada de los. imposibles".
 
Allí donde nuestra fe y nuestra confianza desfallecen y donde nuestra perseverancia en sufrir y en orar languidece, Rita nos muestra que nada hay imposible para Dios, y para quien sabe acudir a Dios con humildad y confianza.


Jesucristo mismo anunció a sus apóstoles que harían milagros y que éstos serían mayores que los que El mismo había hecho. ¿Qué tiene, pues, de extraño que otras santos obtuvieran de la Omnipotencia divina una gracia semejante?
 
Rita de Casia nació de unos padres ancianos, después de cincuenta y tres años de casados. Rita de Casia fue una heroína en vencer su repugnancia invencible hacia el matrimonio y hacia ese matrimonio con un hombre que sabía iba a ser su verdugo.

Rita de Casia venció con su paciencia, con su fidelidad y con su abnegación, al león que se le habla dado por esposo. Todo eso parecía imposible, pero Rita logró de Dios la fuerza para triunfar. Su marido se trocó en un ejemplo de virtudes y en modelo de esposos, gracias a la caridad, al celo y a la paciencia de su consorte.
 
Quedaba todavía una dificultad, al parecer invencible. Cuando el marido de Rita murió, cruelmente asesinado, dejó a su viuda dos niños. Estos no eran unos angelitos. Se iban manifestando en ellos las malas inclinaciones de su difunto padre.
 
El mayor de ellos, al saber que su padre había caído muerto a manos de sus enemigos, concibió el odio y el deseo de vengarse, para cuando fuese mayor y pudiera hacerlo. Era una viborilla, venenosa, que había quedado a cargo de la santa mujer que le diera la vida. ¿Perdió por eso Rita la confianza? ¡De ninguna manera! Ella pidió a Dios la salvación de sus hijos, aunque hubiera de quedarse sin ellos.
 
Y la obtuvo de Dios, que se los llevó al cielo. Podía haberse vuelto a casar, pero aspiraba a la vida del claustro y pidió humildemente ser admitida entre las religiosas Agustinas de Casia.
 
- ¡Imposible! —se le dijo— ¡Aquí no se ha admitido nunca a ninguna viuda!
 
Para Dios no existen imposibles, ni hay puertas cerradas... Rita se encontró una vez a sí misma dentro del convento que le había negado por dos veces la entrada, y nadie pudo ya despedirla.
 
Se le mandó regar un palo seco, clavado de un modo cualquiera en el suelo. Hoy pueden todavía comerse las ricas uvas que aquel palo, que convertido en frondosa parra, da todos los años en memoria de la obediencia de Rita.
 
Tuvo deseos de ir a Roma, pero la llaga misteriosa abierta por una espina del Crucificado se negaba a cerrarse. No tenía ni siquiera fuerzas para ponerse en pie. Pero la confianza hace imposibles; Rita se vistió, salió a la puerta y se unió a la caravana de romeros, precisamente cuando todos decían:
 
- "¡Es imposible que la Hermana Rita venga con nosotros!".
 
Eran imposibles las rosas en medio del crudo invierno y los higos maduros al principio de la primavera. Pero no para Dios, ni para Rita, que los pedía. 
 
Por eso el pueblo cristiano no sabiendo cómo condensar en una palabra el estupendo poder de intercesión de la Santa, y habiendo experimentado miles de veces que no se la invoca en vano, forjó la frase que hará sonreír a algunos pocos, pero llenará de gozo el corazón de innumerables:
 
"Santa Rita de Casia patrona y abogada de las causas imposibles".
 
ORACIÓN A SANTA RITA
PARA PEDIR POR UNA CAUSA IMPOSIBLE
 
¡Oh poderosa Santa Rita!
llamada con toda razón
abogada de las causas imposibles o desesperadas,
socorredora en la última esperanza,
refugio y salvación en el dolor,
que conduce al abismo del delito
y de la desesperación:
 
Con toda la confianza en tu celestial poder,
recurro a ti en el caso difícil e imprevisto
que oprime dolorosamente mi corazón.

Dime, oh Santa Rita,
¿no me vas a ayudar tu?,
¿no me vas a consolar?
¿Vas a alejar tu mirada y tu piedad de mi corazón,
tan sumamente atribulado?
 
¡Tú también sabes
lo que es el martirio del corazón,
tan sumamente atribulado!
 
Por las atroces penas,
por las amargas lágrimas
que santamente derramaste,
ven en mi ayuda.
 
Habla, ruega, intercede por mí,
que yo no me atrevo a hacerlo,
al Corazón de Dios,
Padre de misericordia
y fuente de toda consolación,
y consígueme la gracia que deseo
(indíquese aquí la gracia deseada).
 
Presentada por ti como mediadora
es seguro que me escuchará,
y yo me valdré de este favor
para mejorar mi vida y mis costumbres,
para cantar en la tierra y en el cielo
las misericordias divinas.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

 
SOBRE LA ORDEN DE LOS PADRES AGUSTINOS
 
Esta fue la orden religiosa en la que profesó Santa Rita.
 
Se ha pretendido remontar el origen de esta Orden, cuarta entre las mendicantes, hasta la comunidad que San Agustín fundó en su casa episcopal de Hipona, y aun a la ascética de Tagaste, más si bien de la primera salieron algunos obispos y varios discípulos de las comunidades de Europa, que se atribuyen una derivación de aquellos, no presentan una sucesión de continuidad en el sentir de la mayoría de los críticos católicos.
 
A poder ofrecerla, la Orden Agustiniana ocuparía un lugar superior a la de los Benedictinos, como más antigua. La Orden Agustiniana tuvo nacimiento en la fusión de varias comunidades de ermitaños italianos formadas en los siglos XI y XII fuera de las congregaciones ya existentes.

Alejandro IV ordenó que todos los seguidores de San Agustín, que eran llamados "ermitaños de San Agustín", se fusionaran en una sola congregación, lo que se efectuó en una asamblea general celebrada en Roma en 1256; de ella nació la Orden Agustiniana.
 
La Regla que adoptaron, dictada por Inocencio IV en 1344, fue la que se supone haber sido practicada por el capítulo que presidía San Agustín, arreglada a la Epístola 109 y al tratado De moribus clericorum del santo doctor:
 
Los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, con la obligación de mendigar para el sustento.
 
En 1287 les fueron redactadas las constituciones y en 1567 fueron incluidos por Pío V en las órdenes mendicantes. El hábito, por disposición da Alejandro IV, es negro, lo mismo que el cinturón.
 
Los religiosos Agustinos son beneméritos de México por su labor apostólica en la evangelización de este país. Los primeros agustinos, en número de siete, llegaron a Veracruz el 22 de mayo de 1533, y se extendieron en los amplios huecos o espacios que otros misioneros, franciscanos y dominicos, no alcanzaban a cubrir, y además se dirigieron al Sur por la parte oriental del actual Estado de Morelos y hacia el Norte en el actual Estado de Hidalgo, entre los indios otomíes, y hacia el Occidente por Michoacán y el Bajío, donde establecieron, entre otros, su convento de Yuririapúndaro.

Entre los conventos de Agustinos más célebres que hubo en México, fue el primero el de Cuisco (Ocuituco) y otro de la ciudad de México. Nos queda un recuerdo de ello en lo que fuera Biblioteca Nacional y en lo que es Hospital Juárez, donde existió el Colegio de San Pablo, fundado hacia 1537, y uno de los primeros centros educativos que hubo en este país, para la juventud criolla.

Los Agustinos fueron precursores de la Universidad de México y las bibliotecas que trajeron a México eran de lo más selecto y abundante. Los restos de la biblioteca de San Agustín —dice el Historiador Rivera Cambas, testigo de vista— escogidos y con numerosos volúmenes, fueron llevados a la Universidad.
 
Cuando se verificó la exclaustración de los Agustinos, en febrero de 1861, la biblioteca quedó enteramente abandonada; las puertas abiertas y los libros y manuscritos a merced de quien quería llevárselos.
 
Multitud de libros quedaron destrozados y esparcidos por los claustros y celdas, otros tirados en el suelo de la biblioteca en el más completo desorden.
 
Poco hicieron los comisionados para recoger esa y otras bibliotecas y parecía que habíamos vuelto a los tiempos de la barbarie, según se despreciaban los tesoros de la ciencia, o se entregaban a la rapacidad y destrucción.


 

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