HISTORIA Y MILAGROS DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS


No hace mucho tiempo que los cristianos devotos de María se citaban en una de las mas bellas ciudades de la península, para celebrar en su honor solemnes cultos y magníficas fiestas. Todavía nos parece ver la gran animación y movimiento de Valencia, la encantadora ciudad del Cid, en las tan famosas fiestas del Centenar. 

 
La Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Desamparados era llevada con toda pompa en procesión por las principales calles de Valencia al compas de cien músicas, y por doquier se escuchaban himnos y cánticos de alabanza.

Espectáculo hermoso y consolador presentaba aquel religioso pueblo celebrando con entusiasmo la tradicional festividad que cada cien años dedican a su abogada y protectora.

Arcos de verde ramaje adornaban los más concurridos sitios de la ciudad, y en ellos con grandes caracteres se veía cien veces repetido el nombre de María.

Por todas partes donde se fijara la vista se veía con placer algo que expresaba verdadera piedad y sincera devoción hacia la Madre de Dios, en aquellos dichosos días cuya memoria será imperecedera para los que presenciaran tan extraordinarias fiestas.
Nos llevaría muy lejos de nuestro principal asunto el relato de las mismas. Sería demasiado extenso poder detenernos en ellas, expondremos, pero expondremos lo que la leyenda nos dice de la fundación y origen de la capilla dedicada a la Virgen María en Valencia, cuya sagrada imagen se venera bajo la advocación de Nuestra Señora de los Desamparados.

Cuentan las historias, que de este asunto se ocupan, que en el año 1380, se reunieron diez piadosos valencianos y fundaron una cofradía o hermandad, que tenía por objeto la práctica de la caridad y del verdadero amor a Dios recogiendo los niños desamparados que en Valencia eran llamados "Faltos".

Abandonadas estas criaturas por padres crueles y desnaturalizados, muy triste hubiera sido su suerte si no pensaran estas virtuosas personas remediar tanto mal con el establecimiento de una casa o asilo donde tuvieran el abrigo y cuidados que les negaran a aquellos desgraciados a estas criaturas los autores de sus días.

Allí, en el nuevo hospicio, encontrarían el alimento corporal y espiritual, pues no salían de la casa sin que antes los fundadores inculcasen en el corazón de los niños, el amor de Dios, base de toda sólida educación y algunos otros conocimientos con los que pudieran mas tarde ser útiles a la sociedad y ganarse honradamente su subsistencia.

El principal objeto de los hermanos o cofrades del Monte de Piedad, fue en su principio el de no dejar perecer a los pobres niños que hallasen abandonados en la ciudad y en los caminos, ya recién nacidos, o bien en los primeros años de la infancia.

Para llevar de una manera digna su misión, buscaron una casa que sirviera de albergue a los niños desamparados, y para atender a los gastos que ocasionaban su tan noble instituto, no desdeñaron ir implorando por todas partes la caridad pública.

El Señor protegió a los diez piadosos valencianos, y su obra progresó de una manera rápida y asombrosa.

No solo podían subvencionar con las limosnas de los fieles los gastos de la estancia y primera educación de los niños, sino que llevaron mas allá sus buenos deseos, y los pobres y peregrinos que llegaban de paso a la ciudad del Turia, encontraban hospedaje en aquel religioso asilo.

La fama de esta caritativa hermandad se extendió pronto por todos lados, llegando a oídos del rey de Aragón don Martin, que admirando a aquellas justas personas se apresuró a apoyarles con su poder en tan piadosa empresa.

Tomó bajo su protección a la asociación o cofradía, e hizo que encontrase apoyo en todos los nobles cortesanos.

Contando los hermanos del Monte de Piedad con el auxilio del monarca aragonés, pensaron algunos años después de la fundación de su instituto en poner éste bajo la protección mas poderosa de la Virgen, y habiendo celebrado varias juntas para mejor tratar de este asunto, determinaron por fin llamar a su cofradía "de los niños inocentes y Madre de los Desamparados".

Con las cuantiosas limosnas que hiciera el rey don Martin, construyeron en una casa que buscaron para albergue de los niños, y asilo de los pobres y peregrinos, una capilla en la que colocaron luego una imagen de la Virgen.

Encontrando mil dificultades para obtener esa imagen, encomendaron el la tarea al célebre Fr. Juan Gilaberto Jofré, que con su predicación y exhortaciones había inspirado a los diez caritativos valencianos el establecimiento o fundación del Monte de Piedad.

La tradición conserva piadosamente la historia de esta milagrosa imagen.

Esto lo que dice:

Era a principios del siglo XV.

Confundidos con otros pobres y peregrinos, pidieron hospitalidad en la casa de la cofradía tres hermosos mancebos que, solicitando como los demás compañeros el auxilio de los hermanos o cofrades, trabaron animada conversación con el hermano que se hallaba aquel día en el benéfico asilo. 

 
Oyeron, al parecer, con gran atención los razonamientos del piadoso cofrade, que se quejaba con sus demás compañeros de no poder adorar pronto a la Virgen ante una imagen suya.

Cuando hubo concluido de hablar el hermano que les comunicó sus deseos de poseer una imagen de la Virgen, dijo uno de los tres jóvenes peregrinos, dirigiéndose al cofrade:

— No os apuréis ya mas. Luego, vuestra piadosa aspiración se hallará satisfecha. Colocadnos en un sitio apartado y solitario donde nadie pueda distraernos ni interrumpirnos, y yo y mis dos compañeros os prometernos que no han de pasar muchos días sin que tengáis en vuestro poder esa tan ansiada imagen de nuestra amorosa Madre.

— El cielo, sin duda, os envía, les contestó el piadoso hermano. Haced pronto lo que prometéis y si sois hábiles escultores, fabricad sin demora la imagen de María. Nadie os molestará en esos tres días que pensáis ocuparos en vuestro piadoso trabajo.

Se dio parte inmediatamente de la venida de los tres peregrinos a Fr. Jofré, y cuando supo que se habían propuesto fabricar ellos la estatua o imagen que había de ser reverenciada y bendecida en la capilla del hospicio, se apresuró en proporcionarles los materiales necesarios para que cuanto antes empezasen sus trabajos.

Les destinaron para su habitación un apartado y silencioso departamento, y dejándoles alimentos suficientes para los tres días, les encerraron para evitar así que por nadie fueran molestados ni distraídos.

Pasaron los tres días que pidieron de tiempo los tres jóvenes peregrinos para terminar su obra, y la habitación permaneció cerrada.

Se extrañaron de ello los hermanos, pero dejaron que pasase otro día.

Por fin, viendo que tampoco en éste daban seriales de haber concluido y que seguían encerrados, pensaron en averiguar el motivo de esta tardanza. 

Habitaba en la casa una buena mujer, hermana del cofrade encargado del cuidado del piadoso asilo; era ciega y tullida, y sintiendo desde el momento que llegaron al hospicio los tres jóvenes mancebos, una especie de presentimiento interior de que habla en ello algo de extraordinario y sobrenatural, instó con vehemencia a los hermanos a que abriesen el improvisado taller de los peregrinos.


Avisado antes de hacerlo el Padre Jofré y admirándose este virtuoso sacerdote de que no hubiesen salido aun los tres mancebos, fue también del mismo parecer de la ciega, y ordenó que se llamara a la puerta del departamento, y les preguntaran la causa de su tardanza. 


Inútilmente llamaron varias veces.

La puerta no se abrió: y con algún cuidado los cofrades, no quisieron esperar mas tiempo y forzaron la puerta.

Con gran sorpresa de todos, encontraron desierta la habitación y en medio de ella acabada y perfecta una graciosa y bellísima imagen de María.

No pudieron menos que atribuir  a un milagro del Señor la maravillosa construcción de aquella imagen.

—Angeles, si, ángeles son de los que rodean el trono del Altísimo los que han ejecutado tan preciosa obra, —exclamó la pobre Ciega que al entrar en el taller de los peregrinos recobró milagrosamente la vista y salió de allí sana y buena. 

— Puesto que el Señor y su Santísima Madre dispensan tan especial beneficio, exclamó también Fray Jofré, que no dudó ni un momento del prodigio obrado por intercesión de la Virgen María, postrémonos luego ante esta sagrada imagen, y después de adorarla humildes y fervorosos, llevémosla al altar que tiene preparado en la capilla para que allí puedan los fieles con nosotros manifestarle la gratitud que le debemos por sus favores. 

Se extendió por la ciudad la noticia del prodigioso suceso, y ansiando los valencianos adorar aquella santa imagen de la Divina Señora fabricada por los tres ángeles que estuvieron como peregrinos en el hospicio, se encaminaron a donde los hermanos conservaban intacta la comida que se dispusiera para los mancebos durante los tres días que debió durar su obra.


En medio del aposento se hallaba ya también expuesta la imágen milagrosa de María.

Todos la adoraban reverentes, y todos entusiastas devotos de la Madre de Dios, instaron a los hermanos de la casa para, como ya habían pensado hacerlo, fuese colocada en alguna capilla a la que pudieran asistir para bendecirla y alabarla.

La devoción a la santa imagen que fue conocida desde el primer día por los valencianos con el nombre de Nuestra Señora de los Desamparados,  creció de una manera prodigiosa y viendo la decidida protección que dispensaba a los fieles, la aclamaron estos por patrona y abogada de la ciudad de Valencia.

Por en mes de Marzo del año 1667, declararon con pompa y solemnidad el patronato de la Virgen María bajo esta advocación, sobre la citada ciudad. Se hizo una solemne procesión llevando la sagrada imagen por todas las mas concurridas calles de la capital, yendo en ella todas las autoridades y nobles caballeros, con asistencia también del prelado y cabildo, y se determinó que todos los años, el segundo domingo de Mayo, el mes de las flores, consagrado por los cristianos a María, se repitiera esta magnifica procesión, y se rezase y observase en la ciudad y en todo el resto del reino la fiesta que se la dedica en este día para su mayor gloria y ensalzamiento.

Tan grande es el amor de los valencianos a Nuestra Señora, que por donde quiera que vaya el piadoso viajero encontrará una hermosa capilla donde acuden a adorarla, si es que no tiene la dicha de hacerlo visitando el magnifico templo donde se la venera en Valencia.

Casi todas nuestras mas importantes ciudades celebran ahora cultos en honor de la Virgen con la advocación con que la saludan los habitantes de la hermosa ciudad del Turia.

Por el gran número de ricas alhajas con que ha sido obsequiada la celestial Señora, se puede apreciar también lo mucho que han esperado de ella los grandes y poderosos de la tierra. Con razón se dice que la imagen de la Virgen de los Desamparados es una de las mas ricas enjoyas en España:  Como la Virgen del Pilar, posee también varios y preciosos mantos, y muy valiosos adornos. La corona que descansa sobre sus sienes es de un valor inapreciable por hallarse toda ella cuajada de brillantes.

En el año 1859, doña Isabel de Borbón, postrada humildemente ante la que es Señora del Cielo, invocaba su poderosa protección para su hijo, y la hacia hermosos presentes colocándola ella misma algunas joyas, que según entonces se dijo vallan cerca de un millón de reales.

No estaría completa esta historia que hacemos de Nuestra Señora o de la devoción que se profesa a María con esta advocación si no diéramos cuenta de algunos de los prodigios obrados por su intercesión con el Señor Todopoderoso.

Se hallaba en Valencia una joven muy bien educada que mantenía una licita relación amorosa con un joven con quien pensaba casarse.

Los padres de la doncella no veían con gusto aquellas relaciones, por lo que determinó el amante obrar por su cuenta propia, sin demandar consentimiento de ninguno.

Habló con la joven; la dijo que reuniera sus alhajas y joyas, que dejando por un momento la casa de los padres se fuera con él lejos de allí donde pudieran realizar sus amorosos deseos, uniéndose por el matrimonio que podía verificarse en otra parte; ya que en Valencia no se les permitía.

Le pintó el seductor tan bonito a la joven los nuevos placeres que había de experimentar unida ya con él para siempre, que creyendo que la hablaba con sinceridad, la inocente muchacha cayó en la red que astutamente le tendiera su amante.

Hizo, pues, un lio con sus mejores ropas, recogió cuantos objetos de valor pudo encontrar, y decidida a seguir a su infame seductor, salió de casa de sus padres, no sin antes derramar abundantes y copiosas lágrimas por tener que alejarse de ellos de una manera tan desafortunada.

Era la joven muy devota de la Virgen de los Desamparados, y no queriendo encaminarse al sitio donde su amante la citara sin encomendarse a su Divina protectora, hizo que la acompañara su madre, que ignoraba el plan de la hija, a su magnifica iglesia, y postrada de rodillas ante la venerada imagen comenzó a orar con gran fervor.

Estando en sus oraciones notó cierta especie de soñolencia, que dominándola poco a poco, acabó por sumirla en un profundo letargo.

Cuando volvió en si, rogó con gran solicitud a su madre que se volvieran a su casa.

En ella, llena de rubor y vergüenza, confesó sus intentos de fuga en compañía de su amante, pidió arrepentida a sus buenos padres que la perdonaran por aquellos instantes de extravío, y con entereza indicó al amante que cesase de hablar con ella y que no pensara jamás en una unión imposible.

La joven, durante su sueño en la capilla de la Virgen, tuvo una revelación divina, por la que conoció el intento de su fingido amante, que no era otro que el de robarla con otro amigo, y después darla muerte para poder librarse de ella.

Agradecida la doncella al gran favor que le dispensara su protectora, fue por todas partes refiriendo el prodigioso suceso, y todos, los días de su vida daba gracias infinitas a la Virgen de los Desamparados que le había librado de un modo tan milagroso de un gravísimo peligro.

Otro no menos extraordinario caso cuentan las crónicas o historias, de como se extendía la protección de esta célebre imagen a muy remotos países.

Triste y afligido yacía en su calabozo un caballero napolitano a quien se le imputaba una muerte de la que era inocente.

Ya se estaba disponiendo el patíbulo, donde con gran afrenta debía purgar un delito que no había cometido; pero el Señor que no siempre permite las fatales consecuencias que produce el error en los hombres, por los ruegos, por la intercesión sin duda de su amorosa Madre, resolvió salvar al caballero. Este, que había escuchado largo rato a dos religiosos que se preparaban en la prisión para acompañarle en sus últimos instantes, cuando ya a la media noche se hubieron retirado y le dejaran solo, poniéndose de rodillas en el duro pavimento del calabozo, invocó con fervor a la Virgen, rogándola que pues era sabedora de su inocencia no dejase que acabara sus días con muerte tan afrentosa.

La Señora oyó su plegaria.

Se llenó la prisión del caballero con los resplandores de una luz  brillante y clara y acercándose al inocente encarcelado una hermosa matrona, oyó que con dulcísima voz le dirigiera estas palabras:

No te aflijas cristiano, por ti acabo de suplicar al Dios Omnipotente. El está contigo y te librará de la muerte haciendo ver a todos que eres inocente. 

Así habló la Señora al atribulado caballero permaneciendo aun en la prisión algún rato, mientras éste, consolado por la promesa que le diera, la miraba con gran atención notando que llevaba al niño Jesús en la mano izquierda y en le derecha una blanca azucena, llenas además sus vestiduras de ricas joyas.

Cuando hubo desaparecido aquella grata visión, se apresuró a llamar a los religiosos y les refirió con gran minuciosidad el suceso.

Le preguntaron cuál era la imagen de la Señora a la que se había encomendado respondiendo el caballero que la invocó sin fijarse en determinada imagen. Volvieron a preguntarle a cual se parecía de las veneradas en Nápoles, contestando que a ninguna.

En esta plática se hallaban entretenidos el presunto reo y los dos religiosos, cuando entrando el carcelero en la prisión, les manifestó que se habían presentado ante el juez da su causa unos cuantos hombres que declararon haber cometido ellos el homicidio que se le imputaba al caballero napolitano.

— Libre estáis ya, añadió dirigiéndose a éste, podéis abandonar la prisión cuando os plazca.

— Gracias, gracias, Madre mía, Virgen Santa, exclamó lleno de júbilo el inocente caballero. En vuestro auxilio confié, vuestro favor invoqué y este no me ha faltado, no ha sido, no un sueño lo que yo he visto en este calabozo. Vos erais, de los Madre de los cielos, que no desdeñasteis de bajar aquí para consolarme con dulces promesas. Pues que a Vos solo debo tan grande beneficio, no habrá en mi calma ni sosiego hasta que encuentre la imagen bendita que se me ha aparecido en la prisión para poder darle gracias por haberme salvado de una muerte injusta r ignominiosa.

Cumplió el caballero lo que decía, peregrinando por diversas naciones hasta que llegó a Valencia. Aquí tuvo noticia de los muchos prodigios obrados por Nuestra Señora de los Desamparados, y deseando visitar su sagrado templo, se dirigió  a él y penetró después en la capilla de la Virgen.

— ¡La hallé, la hallé! Dios sea loado; encontré ya lo que buscaba! Exclamó el caballero napolitano cuando se fijó en la imagen tan venerada en Valencia.

— Como no podía menos que suceder, la exclamación del peregrino llamó la atención de las demás personas que había en el templo.

Le preguntaron la causa de ella, y habiéndoles referido su prisión, y como debía la libertad a aquella divina imagen que se le apareciera en el calabozo, con las mismas vestiduras y joyas que veían allí en su capilla a Nuestra Señora.

Todos los circunstantes prorrumpieron también entonces con nuevas exclamaciones, bendiciendo y alabando a María.

El caballero permaneció en la ciudad varios días, yendo a adorar a su divina protectora con gran frecuencia. Por fin hubo de salir de Valencia, y dejando un donativo de cuatrocientos ducados, se volvió a Nápoles donde propagó con incansable celo el culto de la Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Desamparados.

Antes de terminar es conveniente dar algunos datos sobre la tan venerada imagen.

- Tiene de altura seis palmos y cuarta de medida valenciana.

- La materia de que se halla formada, no puede determinarse con precisión, aunque ha sido varias veces examinada con gran detenimiento.

- En el brazo izquierdo lleva un hermoso niño Jesús, y en la mano derecha tiene una azucena de plata, con la que ha dado en ciertas ocasiones algunos golpes en su nicho, como cuando se le conducía a un hombre inocente al cadalso, que al pasar por la capilla, se detuvo el presunto criminal ante ella, para implorar los favores de la Señora.

Los primeros golpes que dio habían sido oídos por pocas personas, pero como se repitieran antes de que expiase en la horca el inocente reo, enterado del prodigio el Sr. Marqués de Caracena, virrey entonces del reino de Valencia, dicen algunos autores que exclamó:

— ¡A quien de libertad la Reina, cómo puede condenarle el Virrey!

Con ese mism0 lirio o azucena conocen los cofrades de Nuestra Señora el Sitio donde deben ir a buscar algún cadáver desamparado, pues lo mueve a derecha o izquierda, según el lugar en que se encuentre.

Muchos escritores que han tratado en sus obras de esta milagrosa imagen, refieren también que se ha notado en varias ocasiones, cuando se halla algún reo en capilla, que una de las lámparas que arden de continuo delante de su altar, se va amortiguando poco a poco, mezclándose el aceite y el agua, poniéndose, cuando se halla un desamparado, de color negro, y si es un reo de muerte de color de sangre, permaneciendo con estos colores hasta que se apaga.

El magnifico y suntuoso templo donde hoy recibe culto Nuestra Señora de los Desamparados fue construido en el año 1652, siendo Virrey de Valencia el conde de Omesa, que como otros muchos habitantes de la ciudad se habían librado de una terrible peste, gracias a su poderosa intercesión con su divino Hijo.


LEYENDA DE LA VIRGEN DE LOS REYES


LOS ARTÍFICES CELESTIALES.

Espectáculo verdaderamente sublime y majestuoso, al par que bello y consolador, ofrecía la hermosa ciudad de Sevilla el día 22 de Diciembre del año 1218.

La bella capital de la poética Andalucía hacia un mes que se había rendido al rey D. Fernando III, ya conquistador de otras tan importantes poblaciones como Córdoba, Jaén, Granada, Úbeda y Murcia. 


 
Hasta este día que hemos citado, no quiso aquel piadoso monarca entrar en la ciudad rendida, pues preparaba un obsequio a la Santísima Virgen, a quien atribuía sus triunfos y victorias.

Llevaba el rey tres imágenes siempre consigo.

Una de ellas era de plata, otra de marfil de dos palmos de alta que la colocaba D. Fernando en el arzón de su caballo cuando peleaba con los infieles, y otra de gran tamaño a la que veneraba mas que a las otras dos, teniéndola en su campamento en una tienda que le servía de templo y sobre un modesto altar.

Esta última, era la que hoy ocupa una de las principales capillas de la suntuosa catedral de Sevilla; esta era la que desde el rey Santo, hasta nuestros días, ha sido adorada bajo la advocación gloriosa de Nuestra Señora de los Reyes.

He aquí lo que la tradición cuenta sobre su milagroso origen:
El piadoso y santo rey D. Fernando rogaba fervoroso un día a la Virgen que se doliese de la triste suerte que sufría la infeliz España, todavía gimiendo muchas de sus ciudades bajo el ominoso yugo musulmán.

La Madre del divino Redentor se le apareció entonces, consolándole y ofreciéndole su protección y auxilio para que siempre confiara en el buen éxito de cuantas empresas acometiera.

Satisfecho y agradecido el monarca castellano a la Emperatriz de cielos y tierra, luego que la visión desapareció recordándola con todos sus detalles, llamó a los mejores escultores de sus estados, y dándoles minuciosos detalles de la figura en que apareciera su divina Protectora, les indicó que deseaba que según los mismos le hicieran una imagen de la Virgen, para que viéndola a todas horas, le hiciese continuamente presente en su memoria aquel gran favor que le debía de haberse dignado visitarle y hablarle.

Inútiles eran todas las explicaciones que hacia el monarca a los artífices, pues por mas que procuraba darles a conocer del mejor modo posible el retrato que aun conservaba su mente de la divina Señora, ninguna de las imágenes que se construían tenían parecido alguno con el original.

Desconsolado se hallaba el santo rey no pudiendo encontrar unas manos tan hábiles que supieran fabricar la imagen tal como él deseaba, pero la Señora le envió dos ángeles que, tomando figura humana, dejaran a aquel buen rey una imagen que cumpliera por completo sus aspiraciones.

Se presentaron, en efecto, dos gentiles mancebos al rey D. Fernando en su palacio de León ofreciendo hacerle la efigie o estatua tal como él la quería, y escuchada con agrado su proposición, la aceptó el monarca destinándoles al momento una de sus habitaciones para que con todos los útiles necesarios empezasen cuanto antes la difícil obra. 

 
— Tres días os pedimos solo de tiempo para fabricar la imagen de esa hermosa Señora, cuyo retrato sabéis pintar tan bien con vuestras palabras.

— Hacedla, aunque mas tiempo os cueste, tal como yo la deseo, dijo el rey a los dos jóvenes, y yo os sabré recompensar dignamente.

— Pasados tres días, entrad en el aposento que nos habéis designado, y vuestro deseo estará satisfecho, le contestaron los jóvenes.

Cuando el piadoso rey penetró en el taller de los dos jóvenes artífices, a pesar de que nadie los había visto salir encontró desierta la habitación, pero se sorprendió mas que agradablemente al ver que habían dejado terminada una preciosa imagen perfectamente parecida a la hermosa Señora que se le apareciera para ofrecerle su divina protección y auxilio.

Contento el santo rey de lograr por fin su bella imagen, y admirado de no hallar a los dos jóvenes, observó que las herramientas se encontraban como se las dejaran a  aquellos tan habilidosos artistas, y lleno de júbilo exclamó:

- ¡No es obra humana, no ha sido hecha por ningún ser mortal esta bellísima imagen de la Virgen María, mi protectora y abogada, debida es sin duda alguna a los ángeles que la Señora me ha enviado para que se viesen cumplidos mis mas ardientes deseos!

Pronto se extendió por todo el palacio la noticia de aquel sorprendente milagro, y llegando también la noticia a los honrados leoneses, suplicaron al rey que les dejara adorar a aquel don precioso que le hacia la cariñosa Madre de los cristianos.

Esto dice la piadosa tradición acerca de tan venerada imagen. Sin embargo, respetables autores, apoyándose en varios datos y noticias curiosas, aseguran que la preciosa efigie de Nuestra Señora de los Reyes, no tiene tan elevado origen como le da la tradición, y que es regalo que el rey de Francia San Luis hizo a su primo D. Fernando III, fundando su opinión en la flor de Lis que se ve estampada en su pie derecho.

Esa preciosa imagen era pues conducida desde el campamento cristiano a la bella ciudad, que abandonaban los árabes, en una magnifica carroza tirada por cuatro caballos blancos.

Detrás de ella iba el santo rey a pie, desenvainada su espada, y cayendo por sus mejillas abundantes lágrimas que hacían correr el gozo que inundaba su humilde corazón.

A su lado marchaba la piadosa reina su buena esposa y su muy amado hijo D. Alonso, los infantes D. Fadrique, D. Enrique, D. Sancho y D. Manuel, el príncipe D. Alonso de Molina, el infante D. Pedro de Portugal, el hijo del rey D. Jaime de Aragón, el del rey moro de Baeza, Uberto sobrino del soberano pontifico Inocencio IV, y otros muchos ilustres caballeros, seguidos de un pueblo numeroso, cantando entusiastas himnos en honor de Nuestra Señora, compuestos por el mismo príncipe D. Alonso heredero de la corona.

A este carro triunfal donde se llevaba la Virgen de los Reyes precedían las tropas de D. Fernando, desplegadas sus banderas y caminando con marcial continente al compas de los bélicos acentos de las trompetas que, coronadas de laurel, tocaban los que comenzaban aquella hermosa y solemne procesión.

Detrás de las tropas castellanas, y delante del carro de Nuestra Señora, iban también todos los caballeros de las órdenes militares, con sus grandes maestres don Pelayo Pérez Correa, que lo era de la de Santiago, don Fernando Ordoñez de Calatrava, D. Fernando Ruiz de San Juan, D. Gómez de Ramírez, de los templarios, y D. Pedro Yáñez de Alcántara.

Seguían a estos nobles defensores de la Cruz, los ilustres prelados de Jaén, de Córdoba, de Cuenca, de Avila, de Cartagena, de Segovia, de Coria, de Palencia y de Astorga, todos con sus ornamentos episcopales, y a la cabeza de los monjes, frailes y clero que asistían también a la triunfal entrada de la Virgen de los Reyes en la ciudad recién conquistada.

Al llegar la carroza de Nuestra Señora a la gran mezquita de los vencidos musulmanes, el arzobispo electo de Toledo D. Gutierre la purificó, para que dentro de la misma se pudiera celebrar el santo sacrificio de la misa, como la celebró el citado prelado D. Gutierre, sirviendo el mismo carro triunfal para altar de la divina Señora.

Allí, en aquella grandiosa mezquita que hoy se halla trasformada en la mejor tal vez de nuestras hermosas catedrales, quedó la venerada imagen, siendo con frecuencia visitada por el rey D. Fernando, que la designó como en los campamentos su particular servidumbre, nombrando camareras, mayordomos, gentileshombres, capellanes, reyes de armas y guardias.

En su capilla dispuso también se le enterrara cuando la muerte diera fin a sus días, y a la se halla el sepulcro de aquel rey tan eminentemente religioso y cristiano como ilustre conquistador.

Ochenta y un pies de longitud, cincuenta y nueve de anchura y ciento noventa de elevación o altura tiene la real capilla de Nuestra Señora.

Doce preciosas estatuas, que representan los reyes del antiguo testamento, adornan el magnifico arco de entrada que se halla cerrado por una suntuosa y magnifica verja de hierro, en cuyo remate se ve la estatua ecuestre del santo rey conquistador de la bella ciudad del Guadalquivir, en actitud de recibir las llaves de la misma de manos del emir que se va también puesto de rodillas ante D. Fernando, obra debida a la piedad y munificencia del gran Carlos III.

La forma de la capilla es semicircular: al frente se halla la Virgen, y por dos anchas graderías se sube al presbiterio en el que se halla el sagrado altar y urna de plata, mandada fabricar por el piadoso rey Felipe II, que guarda el cuerpo de San Fernando.

A los dos lados del altar de la Virgen están también los sepulcros de D. Alfonso X el Sabio y el de la reina Doña Beatriz.

Por la misma capilla se baja por dos puertas al panteón donde aun se venera la imagen de marfil que llevaba D. Fernando en el arzón de su caballo de batalla, y el sepulcro de aquel tan religioso monarca.

No podemos resistir al deseo de trasladar integra la algo extensa inscripción que en él se leía en cuatro diferentes idiomas, hebreo, latino, árabe y castellano, y que era debida a su buen hijo D. Alonso X.

Dice así:

Aquí yace el rey muy ondrado D. Errando, Señor de Castilla y de Toledo, de Leon é de Galicia, de Sevilla, de Córdova, de Murcia, de Jaen, el que conquistó toda España, el mas leal é más verdadero, el más franco, é el mas esforzado, é el más apuesto, é el mas granado, é el mas sufrido, é el mas omildoso, é el que mas temió á Dios, é el que mas le facia servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos sus enemigos, é el que alzó é ondeó todos sus amigos, é conquistó la ciudad de Sevilla, que es cabeza de toda España, é puro hi en el postrimero día de mayo en la era de mil et CC et noventa años.

No ha sido solo San Fernando el monarca que haya profesado especial devoción a la Virgen de los Reyes. Casi todos sus ilustres descendientes han continuado venerando su sagrada imagen y distinguiéndola con ricas ofrendas y grandes privilegios.

Los numerosos milagros que por su intercesión ha obrado el Señor todopoderoso, la han dado una fama y celebridad entre todos los cristianos, y en especialidad entre los habitantes de Sevilla, que hace que siempre se vea en su hermosa capilla infinitos fieles que van implorar sus mercedes y a suplicarla a todas horas su protección y auxilio.

Mucho espacio necesitaríamos, para poder enumerar los infinitos casos en que la Virgen de los Reyes ha dispensado su poderosa protección a los sevillanos, de las que mas han llamado nuestra atención al repasar viejas crónicas he aquí una por su especial belleza:

Con motivo de una encarnizada guerra que sostenía por aquellos tiempos Castilla contra Portugal, el valeroso jefe de una nave sevillana cayó desgraciadamente prisionero de los portugueses, a quienes había causado anteriormente bastantes descalabros.

Gozoso el rey de Portugal de tener prisionero a tan temible marino, ordenó que fuese colocado en un oscuro calabozo, hasta que se dispusiera lo que con él debía hacerse.

Mientras la cautividad del valeroso marino, su buena esposa que se hallaba en la capital de Andalucía, habiendo tenido noticia de la triste condición de su amado esposo, y siendo muy especial devota de la Virgen María, se dirigió a su capilla llevándola cera, pan y vino; humilde ofrenda que quería presentarla por espacio de treinta días al celebrarse una misa en cada uno de ellos, que encargaba dijera un sacerdote para que la divina Protectora se condoliera de su amarga aflicción y aliviara la triste suerte de su atribulado marido.

La Reina de los cielos, oyó benigna las súplicas de aquella buena mujer, y alivió la suerte de su esposo.

Se hallaba este completamente abandonado en su prisión, casi muerto de hambre y devorándole una abrasadora sed, cuando de repente ve alumbrado el calabozo por una vela, y distingue a su lado pan y vino, con lo que pudo dejar satisfecha su necesidad del momento.

Al día siguiente con gran sorpresa del marino sevillano, se repitió el mismo prodigio, y así sucesivamente ocho días mas, hasta que uno de los carceleros del infeliz español, notando que había luz en la prisión, abrió esta y vio el pan, el vino y la vela que tan milagrosamente aparecían todos los días.

Informado de tan raro y maravilloso suceso el monarca portugués, quiso que se lo refiriera el mismo prisionero, y comprendiendo que todo aquello era algún milagro de los cielos, le puso en libertad, si bien obligándole a prometer volvería a darle cuenta tan pronto como pudiera de lo que supiera en su patria sobre tan extraordinario suceso.

Lo prometió el marino, y algún tiempo después, se enteraba el rey de lo que aquello significaba, que no era otra cosa sino que Nuestra Señora, fervorosa y continuamente invocada por la esposa del marino, dispuso que milagrosamente se trasladara a su prisión el pan, vino y vela que la ofrecía todos los días al celebrar el santo sacrificio de la misa.

Se admiró mucho el portugués de la relación que hizo su antiguo prisionero, y devolviéndole por completo su libertad, le dejó que fuera a dar gracias a su divina protectora, y el mismo monarca profesó también desde aquel día una especial predilección a La Virgen de los Reyes.


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LA HISTORIA DE LA VIRGEN DE LA GRANJA


El Señor, que parece se complace en abatir al orgulloso y soberbio elevando siempre al humilde, nos ha hecho ver en diferentes ocasiones cuánto aprecia la modestia y sencillez de aquellas personas que no tienen otros conocimientos ni instrucción que la de saber le deben sus vidas y cuanto les rodean, por lo que le están obligados a amarle y reverenciarle. 

 
Grandes y admirables beneficios ha dispensado también la Virgen María, muy en particular a sus fieles devotos. Los sencillos de entendimiento y puros de corazón la han venerado y adorado como especial elegida de  Dios todopoderoso.
Esto bien nos prueba que ante la Soberana de los cielos, no hay jerarquías ni distinciones entre los ricos y los pobres, entre sabios e ignorantes, siendo mas apreciable de la Santa Señora no aquel que posee mas caudal o ciencia, sino aquel que mas limpia tiene su conciencia y mas virtudes atesora su alma.

No nos extrañemos, pues, de que hayan sido favorecidos por la Virgen tantos y tantos pobres y desgraciados para el mundo que solo juzga de las apariencias.

¡Cuán triste seria la suerte de los mortales si solo la felicidad estribase en tener un puñado de oro, vil muchas veces y siempre deleznable y perecedero!

¡Pobre humanidad si no pudiera pensar mas que en necias vanidades, si no pudiera tener otras miras que las de satisfacer su ridículo orgullo!

¡Bendito sea el Señor que nos hace vivir en este mundo donde imperan la iniquidad y la injusticia, para que con placer podamos entrar un día, si obedientes observamos sus santos preceptos, en la eternal morada, en la que solo reina la verdad con la bondad y justicia infinita!

Existe en la provincia de Guadalajara un pueblecito de no muy numeroso vecindario llamado Yunquera.

Habitaba en éste, hace ya largo tiempo, un pastor muy querido de todos los vecinos que sabían que grande era su honradez, y lo muy aficionado a pesar de carecer de toda instrucción, a entregarse a ejercicios de virtud y piedad.

Pobre era Bermudo, pero en medio de su miseria, siempre hallaba recursos para socorrer al desvalido y necesitado.

Ningún maestro le había tenido nunca bajo su dirección, ni de nadie había recibido jamás lección alguna, pero siempre el triste infortunado hallaba consuelo con las palabras y consejos que del pastor oyera. ¡Tanto y mas puede el acento puro que sale de un corazón sencillo y virtuoso!

Bermudo era para las gentes que vivían en aquel entonces en el pueblo de Yunquera, lo que se llama un buen hombre en toda la extensión de la palabra.

Con frecuencia, al pasar los vecinos por la Granja, que con este nombre era conocido el sitio donde acostumbraba a llevar Bermudo a apacentar su ganado, lo distinguían en lo mas alto del monte postrado humilde de rodillas, su vista fija en el cielo y murmurando sus labios dulces y sencillas oraciones que debían ser muy gratas a la Virgen María, a quien las dirigía.

El piadoso pastor, siempre que sus ocupaciones se lo permitían, empleaba sus horas en estos ejercicios en los que procuraba que los demás pastores no le viesen; pues siempre la virtud trata de ocultarse a los ojos de los profanos, sus compañeros que le sorprendían continuamente orando o meditando, se contaban a los vecinos de Yunquera, con lo cual unos y otros le tenían por santo.

Y si no santo, muy justo al menos debía ser aquel fiel devoto de María para que la divina Señora le escogiese para anunciarle una nueva feliz y ventura para él y para los otros habitantes del pueblo. 

 
Era una hermosa noche de otoño. Hacia largo rato que el sol se había hundido en el ocaso para ceder su imperio a las tinieblas de la noche.

La melancólica luna alumbraba con sus pálidas tintas en la Granja una escena bella y conmovedora.

Bermudo humillado adoraba reverente a la Virgen, enviándole desde donde se hallaba fervientes súplicas y continuas plegarias.

Tal vez entonces su alma cristiana enternecida con la meditación de los horribles dolores que tan cariñosa Madre sufriera contemplando a su amado hijo Jesús, pendiente de aquel santo leño, donde muriera por redimirnos y salvarnos, corriendo por sus mejillas las lágrimas que brotaban de sus ojos, le pedía que no permitiese nunca que con sus pecados volviera a hacerle padecer aquellas crueles penas.

Tal vez el corazón sensible de aquel piadoso varón, afectado por los padecimientos de algún compañero enfermo, allí, solo, en medio de la hermosa y magnifica naturaleza, rogase a Dios que se mostrara compasivo devolviéndole su perdida salud.

La noche iba avanzando y el pastor seguía en la Granja sus oraciones.

De pronto observó un gran resplandor que parecía provenir de algunas luminarias ocultas entre las zarzas que había en abundancia por aquellos lugares.

Asombrado de ver ir aumentando los resplandores sin oír ni distinguir por allí a persona alguna, atribuyó desde luego aquel suceso a un prodigio obrado por los cielos.

Como el resplandor continuaba, y Bermudo si no temor, empezaba a tener algún respeto, se apartó un trecho del sitio donde se hallaba, recogiendo su ganado.

Preocupado con tan raro prodigio, apenas despuntó el alba entró en el pueblo ansioso de referir a los honrados vecinos de Yunquera lo que había visto por la noche.

Por mas que se esforzó en hacerles creer lo que les decía, aquellas incrédulas gentes no hicieron caso.

— Habrá sido una alucinación de vuestros sentidos, fatigados sin duda demasiado con vuestros continuos ejercidos piadosos, le dijo el cura que cuidaba del culto de la iglesia de Yunquera, cuando Bermudo fue a referirle también el suceso.

— Creed, padre, le contestó el pastor que lo que ayer noche observé en la Granja tiene algo de maravilloso, que yo no acierto a explicarme. Estad también seguro de que no he padecido, como vos decís, ningún alucinamiento.

— Veremos si ese prodigio se repite otro día, le interrumpió el ministro del Señor, y si así sucediere venid a avisarme, aunque por mas que me aseguréis lo contrario, no puedo convencerme de lo que me contáis, no sea algún delirio de vuestra exaltada fantasía.

Confuso y apesadumbrado el pastor de que no se diera crédito a su relato, se volvió a la Granja con ánimo de registrar bien aquellos lugares. Por mas pesquisas que hizo nada encontró sin embargo entre las zarzas.

Empezó a dudar de la visión, y hasta muchas veces casi se avergonzaba de haber ido a Yunquera a contar lo que podría ser alguna ilusión de sus sentidos como le había dicho el cura.

A pesar de todo, esperaba con ansiedad creciente llegase la noche, pues una voz misteriosa le decía interiormente que se repetiría el prodigio. Y no se equivocó.

Entregado se dedicaba Bermudo a sus ejercicios de piedad en el mismo sitio que en la noche anterior, cuando a la misma hora le distrajeron de sus oraciones los grandes resplandores que salían de entre la zarza, pareciendo que abrasaba a ésta un oculto fuego.

Había pensado durante el día en acercarse a las zarzas si se repetía lo que había observado por la noche, pero apoderándose del pastor el miedo, en vez de aproximarse hacia aquella tan maravillosa luz, se dirigió presuroso a Yunquera, pero en el camino le detuvo una voz que parecía salir también de las zarzas diciéndole:

—Bermudo, llama.

Nada amenazador había en el tono con que se pronunciaron estas dos palabras, por lo que Bermudo volviendo pasos atrás procuró diligente encontrar alguna vasija u otro objeto con que poder llevar agua de una fuente que había por allí cerca para apagar el incendio que se declarara en las zarzas.

Bermudo llama, había oído bien claro el piadoso pastor, y comprendiendo por estas dos palabras que algún ser invisible imploraba sus auxilios para que cesase el fuego, para que se apagasen aquellas llamas, se dirigió la fuente.

En vano buscó el objeto que deseaba para poder llevar el agua, y desesperado de poder acudir en socorro de quien le llamaba, volvió sus ojos tristes a las zarzas, sorprendiéndose al no distinguir ya la claridad que producía el fuego que él creía las quemaba.

Otra vez temeroso con tan extraordinarios sucesos, recogió como el día anterior su ganado, y se dirigió con él hacia el sitio donde acostumbraba a descansar de las fatigas del día.

Pronto se apoderó del pastor un profundo sueño.

Entonces su imaginación le llevó a las zarzas; pero ya no se vejan estas, y en aquel mismo lugar se levantaba un hermoso edificio donde entraban infinitas personas con gran veneración y respeto.

Cuando Bermudo despertó, acordándose de lo que había observado entre sueños y del maravilloso fuego de las zarzas, no pudiendo explicarse tan raros prodigios, se encaminó al pueblo con intención de referir otra vez al señor cura todo lo que le había sucedido.

Las protestas que hizo el pastor de ser verdadero todo cuanto refería de aquellas llamas que parecían abrasar las zarzas, dejándolas siempre intactas, los muchos ruegos que le dirigió para que por la noche le acompañara a la Granja, confiado que se repetiría tan extraño fenómeno, movieron al virtuoso sacerdote a prometerle le seguiría con algunas personas del pueblo para que todos lo presenciaran y se informaran de lo que podía significar.

Llegada la noche como le había prometido el señor cura, acompañó con otros vecinos de Yunquera al pastor hasta la Granja.

Largo rato permanecieron allí esperando que se verificara lo que Bermudo les dijera, pero en vano; aquella noche nada de particular aconteció, y por mas que registraron escrupulosamente las zarzas ninguna señal de fuego encontraron; por lo que convenciéndose todos de que había perdido en efecto el juicio el pobre pastor, le reprendieron con dureza volviéndose al pueblo sin querer escucharle.

Se hallaba solo y triste Bermudo pensando en el ridículo papel que había hecho aquella noche delante de tantas respetables personas, cuando de pronto se volvió a iluminar la Granja como las otras noches, si bien los resplandores parecían mayores y mas intenso el fuego de las zarzas.

— ¡0h, no estoy loco, no; exclamó lleno de júbilo! ¿Por qué se habrán marchado el señor cura y los vecinos sin esperar algunos minutos mas?

—Bermudo llama, le interrumpió la voz que tan distintamente oyera las demás noches.

—Bermudo llama, repitió varias veces.

—Si, si que llamaré dijo el pastor como si quisiera contestar a la desconocida voz. Comprendo ahora lo que queréis al pronunciar esas palabras.

Y sin detenerse un instante, a pesar de ser la hora muy avanzada, se dirigió nuevamente al pueblo.

Cuando se encontró en este, le asaltó el temor de que haciendo tan poco rato que habían estado en la Granja el cura y los vecinos, inútil seria todo cuanto hiciera para persuadirles que se verificaba en aquel momento lo que les refiriera.

No atreviéndose a molestarles, se volvió otra vez a la Granja.

— Bermudo llama, Bermudo llama: oyó que le decía la voz con insistencia durando todavía la claridad y las llamas.

— ¿Si no me oirán? ¿Si no querrán creerme? Exclamó el pastor cada vez mas confundido y asombrado.

— Bermudo llama, yo te prometo que te creerán continuó la misma voz.

— Llamaré puesto que os empeñáis, dijo resuelto el pastor sin saber a quien contestaba.

Y volvió al pueblo resuelto a no salir de el si no le seguían el cura y algunos vecinos.

Ya enterados todos los de Yunquera por el señor cura y los que le acompañaran a ver el fenómeno que decía el pastor se verificaba en aquellos lugares, cuando Bermudo empezó a llamar por las casas del pueblo, incomodados los vecinos de que a horas tan intempestivas viniese el pastor a molestarles haciéndoles despertar de su sueño, empezaron a injuriarle y a amenazarle si pronto no se retiraba.

— Haréis que avise a la justicia y os castiguen por vuestros necios cuentos si no abandonáis luego el pueblo, le dijo el cura cuando Bermudo volvió a instarle a que le acompañara.

— Creedme, señor cura, decía el pastor; si una voz para mi desconocida no me repitiera sin cesar que llamase, no viniera a molestaros.

— Dejadme, le interrumpió severo el cura de Yunquera, y no vengáis mas con tales embustes. Estáis loco rematado, no siendo esto lo peor, sino que nos vais a obligar a todos a que os echemos del pueblo para que nos dejéis vivir en paz y no turbéis con vuestras tonterías nuestro sueño

Si el infeliz Bermudo no estaba en realidad demente, en verdad que con lo que le sucedía le faltaba bien poco para estarlo.

Avergonzado y lloroso en medio del pueblo no se decidía a volver a la Granja, figurándose que aun oía aquella voz misteriosa que insistente le decía:

—Bermudo llama.

— Mi porfía les hará ver que no les miento, exclamó decidido a no dejar al señor cura hasta que le siguiera.

Y volvió a dar fuertes golpes en la puerta de su casa.

Con gran sorpresa vio que ésta se abría al momento, y que saliendo el venerable párroco le dijo:

— He pensado, Bermudo, que pudieran ser todas estas cosas algún aviso del cielo y me decido a seguirte.

—¡Bien me aseguraba la voz, le contestó el pastor, que al fin me creeríais!

- ¿No os dijo también, le preguntó sonriéndose, que a mi pesar os seguiría?.

Habían ya abandonado el portal dirigiéndose los dos hacia la Granja, cuando notaron que les seguían algunas gentes, y parándose para saber quiénes eran, observaron con extrañeza que eran la justicia y algunas otras personas del pueblo.

— Contra nuestra voluntad, dijeron cuando se reunieron con el párroco y Bermudo, nos dirigimos hasta la Granja.

— Prodigioso es todo cuanto esta noche sucede, exclamó el párroco, también a mi pesar me encamino allá con Bermudo.

— Nada os asombre, les interrumpió el pastor; la voz misteriosa que me ha indicado que os llamara, me ha asegurado que me creeríais y me acompañaríais, y ved como no se ha equivocado.

En estas y otras sabrosas pláticas fueron todos entretenidos hasta que penetraron en la Granja.

Con gran contento y satisfacción de Bermudo, la claridad y llamas que él viera en las zarzas seguían iluminando aquellos lugares de una manera mágica y sorprendente.

El temor y respeto que sobrecogieran al pobre pastor cuando observó por primera vez aquel prodigioso suceso, asaltaron también a las demás personas que le acompañaban.

— ¡Perdonad, buen Bermudo, dijo entonces el venerable párroco, que hayamos dudado de vuestra veracidad!

Retirémonos al pueblo, añadió, y reunamos a todos sus vecinos, pues al permitir Dios se repita el prodigio que observara Moisés en otro tiempo de arder sin quemarse las zarzas que hay en esta Granja, quiere tal vez indicarnos alguna orden que debamos cumplir, disponiéndonos antes dignamente.

Se difundió pronto la noticia por Yunquera de lo que se había verificado en la Granja en la noche última, y por mandato del cura ayunaron todos aquel día, confesándose también y comulgando, como preparación para la solemne procesión, que tuvo lugar en el mismo día por la tarde, dirigiéndose a las zarzas en las que iban a presenciar alguna cosa grande y sublime.

En efecto. Llegado que hubieron a aquellos sitios, el cura revestido de capa pluvial, precedido de los que tenían alguna autoridad en el pueblo, se dirigió hacia el lugar que habían visto la noche última las grandes llamas que llenaban de grandes resplandores toda la Granja.

Separaron respetuosos las ramas, y escudriñando bien aquellos sitios encontraron con gran regocijo una preciosa imagen de la Emperatriz de los cielos.

Tomándola en sus manos el venerable párroco, la mostró gozoso a los que le hablan seguido y un grito de admiración y júbilo resonó por toda la Granja.

— Sea siempre por nosotros adorada, alabada y ensalzada como se merece la misericordiosa Madre de nuestro divino Redentor, que tal obsequio hoy nos hace de una manera tan maravillosa con su sagrada imagen, exclamó con fervor el sacerdote.

— ¡Bendita, bendita sea! repitieron aquellas piadosas gentes poseídas de un religioso entusiasmo.

Ordenada después la procesión, era bien entrada la noche cuando Bermudo, el párroco y los concurrentes se dirigieron al pueblo con la preciosa imagen que hallaran entre las zarzas; y queriéndoles manifestar sin duda su poder la Reina de los ángeles, aparecieron en el firmamento tres luminosas estrellas para alumbrados en tan piadosa caminata.

Llegados a la iglesia, y después de colocar la preciosa imagen de María en el altar mayor, entonaron todos un Te Deum en acción de gracias por el tan inestimable don que habían recibido.

Los frecuentes favores que dispensaba Nuestra Señora a sus fieles devotos, hicieron que su fama fuera luego muy grande, y que viniesen a Yunquera muchos piadosos cristianos de los pueblos cercanos y de otras lejanas tierras a rendirle homenaje de adoración.

Los vecinos de Yunquera, agradecidos a sus muchos beneficios, el día 24 de Junio del año 1599 hicieron voto solemne de celebrar todos los años, desde el ya citado, una fiesta que les recordase aquel en que se apareciera al piadoso pastor Bermudo, al cura y los demás vecinos entre las zarzas, que fue el 15 de Septiembre.

Desde el primero que su venerada imagen estuvo en el pueblo, empezó a manifestar al mismo su protección, haciendo que las nubes arrojaran sobre sus campos una benéfica lluvia que les hiciera recobrar sus perdidas cosechas.

La cariñosa María, parece que se complace en dispensar continuamente sus gracias y favores sobre sus devotos y fieles de Yunquera. En todo tiempo ha escuchado bondadosa sus ruegos y súplicas, y en todas ocasiones les ha hecho ver cuánto le agrada la invoquen con el glorioso titulo de Nuestra Señora de la Granja.
 

SANTA TERESA DE AVILA, ORACIÓN A LA SANTA A QUIÉN JESÚS OFRECIÓ NO NEGAR NADA QUE ELLA LE PIDIESE

Santa Teresa de Jesús, nacida en Avila,
 es una de las mujeres más místicas,
cultas, grandes y admirables de la historia. 

Es la primera de las tres doctoras de la Iglesia.
Las otras dos son Santa Catalina de Siena
y Santa Teresita del Niño Jesús. 

 

ORACIÓN 

Seráfica y gloriosísima Santa Teresa de Jesús,
esposa de Jesucristo, 
ángel en la pureza de cuerpo y alma.
arcángel en la solicitud de gravísimos asuntos
de la mayor gloria de Dios. 

Principado excelente en la discreción
perfecta para el régimen de innumerables almas.

Potestad admirable en refrenar los espíritus infernales.

 Virtud prodigiosa en estupendos milagros.

Dominación sagrada en formar de hombres terrenos
 angélicos espíritus, y ángeles humanos de las mujeres.

Trono seráfico en quien descansó
vuestro divino esposo Jesús.

Querubín luminoso que alumbró
con sus escritos al mundo.

Serafín fogoso, que murió a violencias del amor divino
y procuró muerte tan feliz a los mortales:

 Yo me gozo, esposa escogida de Jesús
y madre mía amantísima,
de los singulares favores con que vuestro Esposo
amó vuestra feliz alma y se desposó con ella,
dándoos por arras un clavo sagrado de su mano divina,
os encargó el celo de su honra como a fiel esposa suya,
os descubrió su glorioso semblante en tantas ocasiones,
os visitó y regaló con inefables secretos,
maravillosas visiones, otras gracias
 y sobre todo favor,
abrasó vuestra alma en el amor divino. 

Confiado en vuestro maternal afecto,
imploro vuestra benigna caridad
para que me alcancéis de vuestro omnipotente Esposo,
que yo viva una vida verdaderamente cristiana,
consiga una muerte dichosa en los brazos de Jesús,
en el amparo de María santísima y en vuestra presencia. 

 Espero de vuestra piedad esta otra gracia,

(Hacer con mucha fe una petición). 

Si es para mayor gloria de Dios,
honor vuestro, y bien de mi alma. 

(Ahora se repetirá la petición,
alentando la confianza de conseguir lo que se desea
por intercesión de esta gloriosísima Santa,
a quien su divino esposo Jesús
ofreció no negar cosa que ella le pidiese). 

Por Jesucristo, nuestro Señor. 

Así sea. 

Rezar tres Padrenuestros y Gloria. 

Para mayor efectividad se repetirá la oración 
tres días seguidos. 

 


Dijo Santa Teresa... 

Gloria a Dios: siempre he estimado más la virtud que el linaje.
- Tengo experiencia de lo que son muchas mujeres juntas. ¡Dios nos libre!
- ¡Oh... ver esta farsa de vida tan mal concertada, a gastar el tiempo en cumplir con el cuerpo durmiendo y comiendo!

- No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho.

- Así como los pájaros que enseñan a hablar no saben más de lo que les muestran u oyen, soy yo al pie de la letra.

- Puedo errar en todo, mas no mentir, que por la misericordia de Dios antes pasaría mil muertes: que entiendo. Dejemos andar esta maravilla de molino (la imaginación) y molamos nuestra vida, no dejando de obrar la voluntad y el entendimiento.

- Es como un gusano de seda nuestra alma... ¡Misericordia grande de que un Dios se quiera comunicar a un gusano! ...
- ¿Qué hacemos? ¿En qué nos detenemos? ¿Qué es bastante para que un momento dejemos de buscar a este Señor, como lo haría la esposa por barrios y plazas? ... ¡Oh, ceguedad humana! ¿Hasta cuándo, hasta cuándo se quitará esta tierra de nuestros ojos? Aun entre los que no estemos ciegos del todo, vemos unas motillas, unas chinitas que si las dejamos crecer bastarán a hacernos gran daño.

- Acaece, estando el alma descuidada de que se le ha de hacer tal merced, que siente junto a sí a Jesucristo, aunque no lo ve ni con los ojos del cuerpo ni del alma. Trae consigo grandísima confusión y humildad; si fuera visión del demonio sería todo lo contrario: habría luego "humos de propia estimación".

- Es cosa admirable que quien llenara mil mundos se encierre en una cosa tan pequeña como el alma... pero como es Señor, trae consigo la libertad, y como nos ama, se hace a nuestra medida.

- Así, a bulto, porque lo hemos oído, y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma. Todo se nos va en la grosería de esta cerca del castillo de nuestra alma, que son nuestros cuerpos.
- Si con dinero se pudiera comprar el verdadero bien, tuviéralo en mucho; pero este bien se gana con dejarlo todo.

- El alma del justo es un paraíso donde el Señor tiene sus deleites.
- Todo lo que se dijere de Dios es una cifra de lo que hay que contar de Él.
- Sólo mirar el cielo recoge el alma.

- ¡Dios nos libre de los señores que todo lo pueden y tienen extraños reveses!

- Yo no entiendo ni puedo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad.

- Es gran cosa el entendimiento propio. Esto interior es cosa recia de examinar.

JERÓNIMO EMILIANI, PROTECTOR DE LOS NIÑOS, ORACIÓN


San Jerónimo Emiliano, fue un santo de caridad,
llevó una vida humilde y silenciosa,
delicada con sus hermanos, pero sobretodo con los niños.
Hombre de bien y de todos, se podría decir de él,
que pasó por la vida entregando amor,
derramándose en aquellos que más ayuda necesitaban:
los más pobres y los afligidos. 

 
ORACIÓN

Oh buen san Jerónimo Emiliani,
que sabiendo de la predilección de Dios por los pequeños,
los niños y niñas más débiles e indefensos,
los recogías por la calle y cuidabas con cariño y ternura
siendo para ellos madre y padre,
con esmerado cariño y atención,
 remediando sus necesidades materiales y espirituales,
y educándolos fundándote en tres pilares muy sólidos: 


Trabajo, piedad y caridad.

Intercede ante el Señor por todos los niños del mundo,
para que puedan crecer en edad, sabiduría y gracia,
y sean respetados por su dignidad de personas
y tratados como hijos de Dios que son.

   Y a nosotros, que nos hemos ofrecido a Cristo
siguiendo tus huellas, guíanos y apóyanos
para que descubramos y denunciemos
las profundas llagas que aún pesan
sobre nuestros niños y niñas y jóvenes;
y para que sigamos haciéndonos cargo de ellos
con fe y entrega evangélica, o sea:
proclamando la paternidad amorosa
y la ternura de Dios hacia los pequeños y los pobres
y anunciando la liberación a los oprimidos
por cualquier forma de pecado personal y social,
y por toda clase de abandono, violencia y marginación. 

Amén. 

Pedir el favor especial que se quiere conseguir 
por la intercesión de san Jerónimo Emiliani. 

Rezar Padrenuestro, Avemaría y Gloria. 

La oración se hace tres días seguidos. 

 
A principios de 1537, encontrándose uno de los huerfanitos recogidos por Jerónimo Emiliani completamente inmóvil y privado de los sentidos, a tal punto que le creían muerto, se incorporó de improviso, se iluminó de claridades su rostro y dijo con una sonrisa de beatitud:

"¡Qué cosa tan hermosa he visto!"
Y requerido por los presentes, agregó:
"He visto muy alto, en los esplendores del Paraíso, un sillón resplandeciente, todo de oro y gemas, sostenido por uno de nuestros niños que tenía en las manos un cartel en el que he leído: Este es el trono de Jerónimo Emiliani."
Imagínese cuáles serían la admiración y el contento de todos los circunstantes; pero el siervo de Dios hizo que el niño callase y se tranquilizara, para dormirse poco después en el Señor, y mandó que nadie volviera a hablar de aquello.
Si la visión del huerfanito fue testimonio sobrenatural de la futura gloria de Jerónimo, también fue un aviso de que el momento de la separación no estaba lejano: el siervo bueno y fiel iba a entrar pronto en el gozo de su Señor... todos lo comprendían y todos se sentían afligidos.
En cuanto a él, el deseo de la patria bienaventurada se sujetaba a la misma aceptación plena de la voluntad de Dios. Trabajar para su gloria, para extender el reinado de su amor divino; trabajar por el bien del prójimo; ejercitarse en las humillaciones de sí mismo, sufrir todavía más en la tierra; ésta había sido siempre la divina locura de su alma, el único objeto de su vida desde el día bendecido en que oyó en su conciencia la voz cariñosa del Maestro.
Y prosiguió, incansable, asistiendo a los enfermos. ¡Eran tantos los que querían verle, aunque no fuese más que para morir!
El día 4 de febrero le asaltó una fiebre violenta, y no pudo ya tenerse en pie.
Haciendo entonces un esfuerzo supremo, hizo traer a sus huerfanitos, les hizo sentar y les lavó los pies, besándolos con dulces lágrimas. Ante aquella escena que recordaba el adiós del Divino Maestro a sus apóstoles, lloraban todos de ternura y de dolor; era el postrer testimonio de amor de su Padre muy amado, la última acción meritoria de aquél que verdaderamente había sido el siervo de los pobres.
Los hermanos, entre tanto, habían tenido el cuidado de prepararle en una baja y estrecha habitación de la casa un pobre lecho que al fin había prestado un campesino de Somasca. Desde hacía mucho tiempo, Jerónimo se acostaba en la desnuda tierra, pero sin embargo aceptó por esta vez el amoroso ofrecimiento.
Antes de entregarse al descanso dibujó con sus propias en la pared frontera al lecho una cruz roja, símbolo del martirio y de la caridad. Y viendo ya inminente el momento de su tránsito a la vida eterna, quiso ver de nuevo a su alrededor a los hermanos y a todos sus hijitos.
Difícil sería imaginar una escena más conmovedora que aquélla. Rodearon su mísero lecho; estaban inconsolables; hasta los más chiquitines comprendían que dentro de poco quedarían privados de su Padre dulcísimo, y se arrojaban en sus brazos llorando. También él hubo de llorar ante el espectáculo de tanto amor, pero se tranquilizó en seguida, se recogió en fervorosa oración, sus ojos se elevaron al cielo, y sin un suspiro agónico voló a Dios su alma bendecida.
Era el amanecer del Domingo de Quincuagésima, el día ocho de febrero de 1537. Así murió, en un mísero tugurio, el noble patricio de la orgullosa República de los Dux, Jerónimo Emiliani.

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